Últimamente el trabajo me consume. Ese balance que encontré hace unos meses se ha ido desvaneciendo, y el dulce abrigo del control ha sido desbordado. Siento una doble presión que me detiene en mi propósito de ahondar en mi ejercicio investigativo.
Aquí no tengo a quién culpar sino a mí mismo. Cada vez me involucro más en estos proyectos de implementación de la IA. Lidero desde el pequeño nicho de control que se me ha dado —como un regalo por ser un artesano empírico, una bendición en medio de todo este caos empresarial—. Me he decidido a involucrarme cada vez más, no por un interés legítimo en la tecnología, sino por una obsesión con el uso adecuado de metodologías, de los procesos, de la gestión misma de las herramientas. Actúo más por el frenético impulso de evitar que las cosas se desarrollen «a lo mal hecho» que por una fe ciega en la evolución de la IA —esa que es la percepción de los altos jerarcas.
Para mí, esto no se trata de devoción ciega. Se trata de una certeza basada en la experiencia: toda herramienta desarrollada, planeada y enfocada hacia ese usuario final —pensada para ese ser humano que habita detrás de la máquina— se convierte en una extensión que le permite liberarse de tareas mundanas y serviles. Como un mortero, como una maza, como un taladro: la IA, bien diseñada, pensada de forma orgánica y fluida, puede permitir una productividad sana.
Ahora, esa productividad no es necesariamente una que garantice el lucro y los millones de retorno que esperan los ingenuos inversionistas con sus delirios numéricos. Más bien se trata de un beneficio en términos de facilidades y calidad de vida para quienes trabajan en la base productiva. El foco, para mí, debe ser de abajo hacia arriba. No como usualmente se busca imponer herramientas que poco o nada tienen que ver con la realidad.
A veces, mientras divago, me imagino las ideas que se les podían ocurrir a los faraones, reyes y emperadores totalmente distanciados del trabajo manual y físico. Sospecho que por eso sus magnánimas obras están teñidas de sangre y sacrificio.
Busco escapar de tanta opresión a la que me he sometido. Pero esa intensidad, esa cantidad de energía desbordante que aún fluye por mis venas y yace en mi psique, no parece encontrar desfogue. Necesito escapar, pero la realidad social, la realidad mortal, sucumbe ante la falta de sincronía con cómplices y amigos. Qué turbulentos se vuelven los treintas, con compañeros y amistades que parecen distantes. Ya sea por aquel reflejo en otros del sometimiento laboral, por la distancia, por las limitantes de la cultura y otros constreñimientos que con los años se han convertido en cicatrices que marcan la lejanía con los demás.
Pareciera que lo único en lo que puedo enfocar todo este intelecto, la fuerza de mi cuerpo y mi pasión, es en una oficina: sentado ante un cuerpo inerte, saltando de reunión en reunión.
Por otro lado, mis planes con la antropología de negocios han dado sus frutos, pero me encuentro en una especie de vacío o interludio. Me decepciona profundamente encontrar que los trabajadores son poco solidarios. Que, si algún agente asciende después de grandes esfuerzos, son sus propios compañeros los primeros en atacarlo. Escucho comentarios como que «fulana es una vendida», que «sutana no merece haber pasado la convocatoria porque es muy mala», que «a tal o cual realmente le va muy mal en sus resultados». Desmerecen el trabajo del otro sin pensar en los logros de esa persona, sin muchas veces tener certeza sobre los procesos de selección, los resultados y el camino que han transitado aquellos que están justo al lado, al mismo nivel, dándose «la pela» por surgir.
En otro sentido, me parece triste la baja cooperación que hay. El último pensamiento que tienen entre aliados naturales es ayudarse mutuamente. Más bien, cada cual hace lo que puede y, a pesar de eso, se le recrimina por haberlo logrado satisfactoriamente, muy a pesar de que nadie contribuyó a nadie en su proceso de mejora. En una suerte de ironía de doble filo, la clase obrera tiene aquí el problema clásico de la traición de clase: ese esquirol interno aparece como un diablo imaginario hablando a los oídos de los oprimidos para separarlos, dividirlos y enfrentarlos. Se manifiesta de forma subrepticia, en el chisme, en el comentario; recorre los pasillos como un rumor.
Yo, que soy una especie de cura, un confesionario para el pobre y el rico, el médico que no juzga y atiende con su credo a quien lo necesita, escucho atentamente la multitud de voces, sus contradicciones y devenires. En una especie de fatiga derivada de tanto ver cómo la injusticia proviene también de los más vulnerables, necesito un espacio de desahogo e inspiración. Necesito tomar ventaja de esta pausa para repensar la siguiente ronda de entrevistas y su orientación.
Ante eso, me he rebelado. No puedo mantener mi vida como la de un trabajador desenfrenado y obsesivo. Tampoco puedo hundirme en la locura colectiva y en esta frustración destilada del llanto ajeno, de los murmullos de corredor. Necesito escapar, así sea en soledad, para recobrar fuerzas.
Debido a un reciente reencuentro frustrado con las artes escénicas la semana pasada, decido escaparme en mi arrebato por despejarme y emanciparme, aprovechando una función libre en el Jorge Eliécer Gaitán. No hay mejor inspiración que volver a las raíces fecundas del arte, a la raíz rebelde que yace bajo mi piel.
Hace años vi el lanzamiento de la obra Camilo. A pesar de la intriga y admiración que el cura y sociólogo siempre me generó, jamás tuve la oportunidad de verla. Hoy, empotrado en una necesidad imperante por recuperar algo de ese espíritu del «amor eficaz», viajo hasta el centro a su reencuentro. Tomo un canelazo bien cargadito de aguardiente antes de entrar y, con ese aroma, me recuerdo que antaño, al sonido de música de cantautores y protesta, mi corazón latía vigorosamente.
A pesar de encontrarme en una esfera mucho más tímida —porque mi lucha no es tan abiertamente política ni crucial— gozo encontrándome con un espejo. Alguien que, en una contradicción como la iglesia y la revolución, me hace retorcer las entrañas por mi propia realidad contradictoria. Por esa pasión que arde en mi pecho como su voluntad por ayudar al desfavorecido.
El dogmático enfermizo se burlará de mi intento de imaginarme en una diatriba como la del gran Camilo. Pero en mí yace la humildad del que sirve a los otros, con amor y respeto. En mi puesto de poder, en el locus que tengo parado en mi palestra de analista de datos, gestor de proyectos y especialista en mejora continua, reencuentro la capacidad de pensar una realidad diferente y profesar por esta. Ya sea como místico, ya sea como artesano, ya sea en mi puesto de trabajo.
Me ha venido muy bien liberar la tensión con un buen espectáculo. Con ese trabajo colectivo del teatro La Candelaria, siempre enfocado en ese toque social y problematizador.
Hoy las musas han venido a inspirarme para continuar, para no desfallecer y morir en el inóspito vacío del trabajo inerte. Debo seguir dando sentido a mi obra. Debo continuar pensando de manera crítica para que el mundo —al menos mi mundo cercano— sea uno mejor.
Camilo es una luz entre la contradicción, entre el trabajo decidido y dedicado. Entre la contradicción del capital en la que vivo. Mi trabajo me realiza. Debo escapar más frecuentemente a su yugo para respirar y pensar.
Me reanimo para avanzar en mi segundo caso de negocios y lidiar con una adopción expansiva de la IA, mientras cargo con el peso de la gestión diaria y la rutina.
