Estoy en una encrucijada, en una de esas contradicciones dialécticas que la filosofía tanto aprecia. Siguiendo el análisis inicial que he entregado —basado en esas representaciones sociales de los trabajadores— he ido realizando pequeños experimentos dentro de un laboratorio limitado, encomendado a generar una suerte de «paz industrial» como base inicial. Lo contradictorio resulta del azar y, en parte, de la diligencia con la que gestiono y documento proyectos.
Como bien se sabe, hoy todo el mundo corporativo está volcado hacia la implementación de la Inteligencia Artificial (IA). Existe una urgencia que viene desde arriba: los CEO’s y altos jerarcas organizacionales necesitan que su gallina de los huevos de oro empiece a producir. Yo estoy en medio de todo, intentando llevar un balance, una especie de equilibrio, centrándome en el trabajo con la gente —quienes aún producen la riqueza en la industria— y, al mismo tiempo, mapeando y trazando rutas para implementar la nueva tecnología.
Como una especie de mago y hechicero, articulo los distintos elementos e intento mantener un equilibrio cósmico. Heme aquí, escribiendo una bitácora mientras programo en Python mi propia herramienta de generación aumentada por recuperación (RAG) de manera abierta (opensource), con los recursos que una computadora gamer —ya con sus años— puede ofrecer.
Mientras redacto este texto, me apoyo en los avances tecnológicos para abordar grandes cantidades de artículos y libros académicos. Extraigo de ellos lo que realmente necesito leer y me aproximo a fragmentos cruciales que alimentan este proyecto investigativo. Busco facilitar esa lectura inicial de skimming de cada texto, identificando títulos y conceptos clave, para luego aproximarme a ellos de forma directa. Y, en efecto, después dejar la herramienta a un lado y hacer el trabajo intelectual que nutre mi proceso.

En este sentido, esta es la sinergia que busco en este ejercicio: mientras la base crucial de la industria está en crisis, aprovecho las herramientas que esta me ha aportado para alterar y trastornar la realidad que ya conozco. Algunas revoluciones son más personales y vivenciales; tal vez no son lo que «los peces gordos» buscan, pero quizá la riqueza no se encuentra donde ellos la buscan.
De aquí que ahora, con los avances que he tenido, haya extraído de las teorías de Teun van Dijk, Barbara Czarniawska y Mats Alvesson un robusto entramado metodológico con el cual aproximarme a los ciclos de entrevistas iniciales de mi primer caso de negocio, a pesar de los matices y la suavidad con la que he tenido que desplegar las soluciones extraídas de meras entrevistas corporativas.
Ahora, en un juego doble, voy documentando en estas bitácoras un lado A: la cara más lírica y sensible, «sentipensante», como la llama Orlando Fals Borda. Mientras que en otro texto —la cara B— voy constatando el ejercicio académico, de lectura y análisis denso y pesado. Apoyadome en herramientas metodológicas meramente cualitativas, sustentándome en la etnografía como herramienta central, hilo conductor de mi cabeza y voluntad, convierto conceptos y categorías en números y análisis traducibles al mundo corporativo. De esta experiencia va emergiendo un texto de una tercera manera: la ejecución en el mundo en el que vivo y del que me sustento. Mis aportes contribuyen a esa cuerda que es vital para mí, para mi propia existencia y el bienestar de mis seres queridos.
Como una especie de artesano y artista —ese que aún llevo en el pecho— voy entretejiendo y amarrando lo que parecen tres mundos diferentes. Construyo sin saber dónde desemboco ni cuál será el resultado final de esta obra. Como en el ejercicio de un loco que ya domina con gracia la incertidumbre del mundo; como quien rompe el bloque de mármol, o se enfrenta a un lienzo en blanco, a la plasta de arcilla, a la maraña de hilos; como el hechicero que se enfrenta a fuerzas indómitas de los astros, los seres que habitan las selvas y las montañas. Como ese viajero que en mis entrañas aún va y viene a donde quiere.
Hoy, mi primer caso de negocio ya va cerrando su ciclo. He entregado las soluciones: formatos, plantillas de correos, procesos estandarizados que han incrementado, en una primera medida, la percepción de los líderes que trabajan en mi industria. Con regocijo veo cómo se aproxima la tan esperada paz. Con prácticas de mejoramiento continuo, en la intersección incómoda donde un trabajo es un trabajo y la exigencia en este debe ser alta, se van alineando las facilidades que la gerencia intermedia aporta a sus subordinados. Con esfuerzo, los indicadores y las métricas llegan a un punto donde la mejora es sostenible.
Cerrando este ciclo, debo ir moviéndome al siguiente, a las nuevas necesidades que vayan surgiendo en el camino. Pronto vendrán nuevas conversaciones y entrevistas, nuevos dilemas que se esconden entre palabras, traducciones que hacer para ejercer como mensajero, poder ascender la información y desarrollar así nuevas soluciones, cada vez más complejas y que atiendan los problemas profundos e intrínsecos de la cultura corporativa.
Mientras tanto, me muevo como una especie de científico loco para implementar, mapear y generar soluciones tecnológicas que transformen la base productiva. Gestiono y garantizo que al menos haya buenas prácticas y un entendimiento completo de la experiencia del usuario; que las herramientas estén pensadas para facilitar y se adapten a quienes realmente necesitan una mejora en los procesos. Así, surge una especie de feedback de abajo hacia arriba, un latigazo que ajuste la ficción en la que vive la alta gerencia.
Hay que retomar y apropiarse de la tecnología para reconducirla, resignificarla como debe ser. No para el lucro cegado por la avaricia y el miedo a una inversión millonaria de personas que ni siquiera entienden lo que tienen en sus manos. Porque realmente, nadie entiende «un carajo» de la IA. Es muy poco común encontrar a quien saque provecho de cada interacción con ella con un propósito. Muchos están atrapados en la necesidad artificial, comprando licencias para resolver preguntas y dudas sencillas, para hacer memes, para obtener la versión caricaturesca de sí mismos con toda la información personal, laboral e identitaria que le han aportado a una marca.
Este ejercicio que hago busca reencausar esto. Busca, desde lo personal, desde mi propio uso artesano para esta investigación, desde el mantener y dirigir proyectos con metodologías enfocadas al usuario final, desde la antropología de negocios, desde el sentipensar crítico, clavar una flecha en el centro del sistema. Busca darle sentido a mi existencia para así superar las ataduras de una crisis sistémica como la que vivimos actualmente. De repente, soy el vehículo y el medio para plantearse un mundo mejor desde lo más cotidiano, desde mi yo más esencial y desde una posición tan poco privilegiada como la mía.
No se imaginan cuánto he logrado avanzar mientras escribo esto, cuánto me rinde en un par de horas infatigables, donde no quiero dejar de escribir. Pero la necesidad de madrugar mañana para ir a la oficina me priva de este elixir. Es allí donde mi vida logra interceder para atar los cabos sueltos y así unificar la aparente contradicción metodológica en la que me encuentro. Así avanzo y progreso un día más en mi propósito.
