Últimamente me enfoco en practicar y vivir una idea, ejercitando la mente con intensidad. Los dioses me han sido gratos, permitiéndome abrazar cada momento desde esta forma escorpiana de sentir. Bendita encarnación, esta oportunidad única de existir me hace sentir como el hijo consentido de las divinidades.
Siempre he vivido obsesionado por aprender: ciencias humanas y duras se entrelazan en mi camino. La vida me conduce hacia su mixtura, hacia un equilibrismo constante entre el Arte y la Ciencia. Mi inquietud y pasión por conocer el mundo parecen haberme traído hasta este preciso momento.
Tras una crisis múltiple, con ese mareo centrífugo de montaña rusa, decidí crear una obra de teatro donde encarno la comedia-trágica que vivo. Después de ser atravesado por una verdad infranqueable, debo soñar con los ojos abiertos y vivir despierto simultáneamente.
El trabajo se ha transformado en una práctica amena donde la tensión responsable y el instinto de supervivencia generan una amalgama fructífera. Finalmente practico lo que profeso: abrazo un método más inductivo que deductivo. Comprendo que los datos no traen soluciones mágicas; el verdadero potencial yace en indagar el problema mismo, en rastrear la fuente que produce la riqueza del fenómeno. Esta aproximación resuena profundamente con mi estilo. El levantamiento de campo, la observación participante y el análisis de discursos se articulan para gestar el dato primario; luego, ese dato revela información cuando se contextualiza. La data cobra sentido solo al relacionarse con el fenómeno in situ, con la experiencia vivida. Sin embargo, los frutos finales aún dependen de mi capacidad para hilarlo todo coherentemente.
Siento una necesidad de pedir ayuda a las deidades para lograr llevar a cabo esta gesta. Es preciso recobrar las tradiciones de los antiguos habitantes. Me digo a mi mismo al levantarme después de un reconfortante sueño.
Soñé con una orquídea. Como con mirada omnisciente, observaba cómo en un terruño paramuno flotaba un polvillo fino. Bajo la superficie, las micorrizas —esas redes extensas del mundo fungi— percibían el llamado. Con cada rocío, el agua se filtraba en la tierra; con cada infiltración, aquellos brazos extendidos se sentían más tentados a ascender.
Al fundirse con la semilla, inició una fusión: un entrecruzamiento y complicidad singular. De ese vínculo íntimo surgió la fuerza para empujar hojas e inflorescencia. El fruto de un trabajo arduo y mágico crecía y prosperaba ante mis ojos.
Mi corazón latía incandescente ante aquella muestra majestuosa de la naturaleza. Una sensación de éxtasis me invadió mientras el calor se apoderaba de todo mi cuerpo.
El poeta es a veces vidente. En mi imaginación habita un chamán de mi linaje que me guía, me orienta cuando despierta su memoria en mí, me obliga a reflexionar.
Entonces comprendo que debo dar gracias, pagar tributo. Que después de esta estabilidad debo aportar a los demás: terrenales y supremos, ancestrales y presentes. Me acerco al taita Sué, acudo a su asedio transformador mientras escalo peldaño a peldaño el cerro de Monserrate. En el camino, el mismo sol abraza por igual a vendedores, turistas extranjeros, rolos visitantes, cachacos recalcitrantes y a cualquier paisano que emprende la subida.
En lo que algunos llamarían locura, decido documentar el momento mientras alimento la mirada crítica mediante la investigación. Devoro textos sobre Monserrate: su historia oculta, los relatos de los habitantes de la vereda que coexisten con el templo, los restaurantes y negocios al sur. Analizo las tensiones entre estos actores, ecologistas, conservacionistas y autoridades eclesiásticas.
Viajo al pasado muisca a través de escasos artículos, encuentro un trabajo revelador: doce años de observaciones muestran correlación entre los solsticios y la ubicación de estos cerros. Reconstruyo cómo el paso entre ambos conectaba la sabana de Bogotá con el Guavio y el llano. Intento imaginar lo que había en el cerro antes de los españoles, cómo benedictinos y jesuitas «exorcizaron» a los antiguos señores de estas tierras.
He observado a los cabildos indígenas coordinarse para recuperar el espacio ancestral mediante rituales y celebraciones. Así comienza a cicatrizar el despojo colonial.
Me encuentro frente a la virgen morena. Me habla, me cuenta cómo su cercanía con las tradiciones mestizas se hizo visible y se sincretizó, haciéndose tan presente como antaño lo fue Chía. «A tus pies acudimos, confiando en tu poderoso amparo. Te ofrecemos nuestras vidas, con todo lo que somos y tenemos, para que las guíes por el camino de la fe y el amor.» En mis adentros respondo: mi ofrenda será que, cada domingo durante siete domingos, dejaré una flor, una vela y un incienso en tu nombre.
Le pido sanación para mis males, que me aleje de malos pasos y me brinde estabilidad profunda.
Anciana cima,
hogar de Sué y la Virgen.
pagamento sacro.
Antaño a las flores se les decía Sunsa, en un diccionario que encontré. Pero yo pido pues una flor única, Sunsa-ata. Que la bendición de Artemis también funja en mí para determinarme, que emane de todas las deidades la bendición que enderece mi camino definitivamente. Que me permita vivir de la manera más noble.
Exhausto vuelvo a mi hogar. Y con esto mis primeras gracias. Lo que he grabado no tiene audio. Mis micrófonos me fallaron y en mi trance nunca lo revisé. Unas ligeras entrevistas. Todo mi relato se lo entregué al sol y a la virgen. Como una conversación secreta. Como una presentación previa. Me he anunciado, pero tengo que mostrar de qué estoy hecho como permiso. Entonces aún falta trabajo por hacer. Debo aprender más a desenvolver mi método y mi ejecución. De manera jocosa me rio en la ducha, simplemente Dios es muy lindo conmigo. Por todas las visiones, por estas palabras, por mis delirios y esta fuerza que me permite aventurarme de esta manera.
Fuentes:
Briceño Ayala, R., Arias Barrero, L. A., & Malavera Pulido, C. M. (2011). Organizaciones de población desplazada en la ciudad de Bogotá, Colombia: un nuevo reto en la intervención social. Revista Perspectivas, (22), 61-76.
Bonilla Romero, J. H., Bustos Velazco, E. H., & Jaime Duvan, R. (2017). Arqueoastronomía, alineaciones solares de solsticios y equinoccios en Bogotá-Bacatá. Revista Científica, (27), 146-155.
Rivera Tabares, M. V. (2022). Narrativas sobre Monserrate: un atractivo turístico construido desde el imaginario social en Bogotá [Tesis de Maestría]. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Mejía, M. P. (2006). Monserrate, Guadalupe y La Peña: Vírgenes, naturaleza y ordenamiento urbano de Santafé, siglos XVII y XVIII. Fronteras de la Historia, 11, 241-291.
González de Pérez, M. S. (2019). Diccionario y gramática chibcha: manuscrito anónimo de la Biblioteca Nacional de Colombia. Instituto Caro y Cuervo.

He leído acá, muchas de las cosas que he sentido no solo en la montaña poderosa de Monserrate, sino en todas aquellas cimas que, después del esfuerzo de sortearlas permiten entregarse a la contemplación. Me sentí identificado.
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Es muy interesante como contemplar la inmensidad del mundo nos hace maravillarnos por el cosmos. Comparto ese amor y ese tributo por los «ancianos de sombrero blanco», las montañas siempre exigen un pagamento por su majestad. Gracias Jhoan por compartir.
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