Esta sensación del viento acariciando mi rostro me es tan profundamente familiar. Hoy siento reminiscencias de vidas pasadas; de cuando subí montañas, cuando remonté barcos y la sal del mar junto con la brisa llenaban mis pulmones en un buen viaje de porvenir. El aventurero que decidió ir más allá de lo conocido por el mero hecho de disfrutar de la novedad y del conocimiento que su camino le trae. Guerrero y entre los de mi clase decidimos ir a los confines del mundo. Ni siquiera por codicia, ni siquiera por avaricia, solo por el hecho de ser recordados para siempre.
El gran general, rey y dios nos ha abandonado a nuestra suerte porque su ego era más grande que su vida. Ahora vago solitario intentando regresar a mi hogar, a mi templo. Me encuentro caminando por un paso peligroso. Es un acantilado y no hay forma de evadirlo. Parece que en cualquier momento puedo ser emboscado y agredido por cualquiera. A pesar del estrepitoso paso deseo viajar desde estas lejanías hasta el templo de Atenea Niké.
Me aseguro de ir a la defensiva. En mi mente se maquinan ideas de engaño y de traición, de cientos de artimañas que podría suceder en tan estrecho paraje. Me preparo para lo peor, porque en dado caso podré estar listo para saltar y con mi espada controlarlo todo. Cada herida, cada sombra y cada engaño posible duele en el ego. Duelen de verdad. Yo no quiero ser derrotado.
Para salir de aquí preciso de entendimiento y devoción. Pienso en cada momento en que le he fallado a mi diosa. Pienso en cada momento en el que, henchido en el egoísmo, he cometido faltas ante su dignidad. Afrentas que tal vez, en el fondo de mi corazón me hacen débil y causen mi final en este momento. Porque un simple humano es torpe y ciego. Porque no entiendo los designios de amor, y la gloria me embrutece por naturaleza. El destino mío ha sido confuso e intrincado.
Cuando al final salgo del escarpado encuentro el sendero hacia mi templo. La luz viene a mi como un nuevo día. Mis maquinaciones solo podrían alterar el curso de las cosas en tanto que yo lo permita. A mi no me importa cuanto oren otros y cuanto se entreguen en peregrinaje, cuantas bacanales ofrezcan o cuantas ofrendas traigan. Al fin y al cabo ¿Quién soy yo para juzgar a qué acólito debe bendecir tu fortuna siendo tu tan sabia? A mi me importa servir con lealtad. En entrega total.
En este justo momento no me importa nada más sino expiar mis culpas, seguir mi camino hasta haber perdido la locura que me invade. Empiezo pues a despojarme de todo, descalzo y desnudo camino hacia vos. Entenderé cualquier daño que me ocurra como mi destino y afrontaré la vida con ahínco hasta llegar a vos.
Que la vida me haya hecho ligero y bravo es una bendición y podré superar a cualquier rival u obstáculo. Por mi mismo vine y por mí mismo volveré. No importa la prueba que me pongas.
La luz del sol se posa en mi rostro. Entro en trance para despertar, medio ahogado y medio vivo en las costas de Atenas. Náufrago y henchido en licor después de una agitada tormenta. Mi pueblo me recibe y las mujeres me bendicen con flores. Pero yo solo puedo buscar a mi hermosa diosa. Subo la acrópolis.
¡Oh fortuna! Me siento a gusto. La encarnación misma de Atenea entrelaza su mano con la mía. Reposa su cabeza sobre mi hombro y nos embriagamos de un espíritu dionisiaco, de pleno disfrute, calma para el ruido del mundo. Diosa potente, la más brillante y fuerte. Es imposible que, incluso en nuestro encuentro más mundano y placentero, ella me transforme y me cuestione. Que transforme mi existencia en capas densas y profundas.
Mientras adorno su cabello con bugambilias, el simple hecho de rozar su cabeza ilumina y proyecta sobre mí la luz de un faro, con tanta fuerza y tanto ahínco que, si yo no fuese tranquilo de espíritu y aventurero por naturaleza, tal vez me hubiese destruido. No tengo miedo a cambiar de rumbo si la vida lo pide y esa clara visión que me ilumina no puede sino mostrar la verdad.
Sin embargo, para mí es preciso detenerme a pensar. Más que eso, me siento inquieto en mis adentros. La sabiduría de tan importante diosa me atraviesa y me cuestiona sobre el tipo de reino que quiero construir, define su tiempo y su espacio, lo amolda, lo estructura y pide que sea concreto, material y certero. Aquella lanza que acaba de atravesarme se trata de la inquietud por el futuro en el largo plazo ¿Qué hacer ya que la guerra acabó? ¿Cuánto más aguantará este cuerpo? ¿Cuál será el objetivo de mi espada durante mis últimos días? La vida parece de repente tan corta y siento la necesidad de ordenarlo todo, porque no quiero seguir viviendo vidas que no son las mías. No quiero ya ser esclavo de la gloria sino devoto a vos.
Siento entonces una necesidad sin remedio de pactar y negociar. De asociarme y vincularme a los acuerdos de vida. Tal vez para mí, siendo este casquivano hombre lobo no me puedo permitir la vida tradicional. Soy un monje-guerrero. Un ermitaño. Pero si debo buscar una forma en la que el futuro sea estable y cumplir con un ciclo casi que vital y funcional de la vida. Al fin y al cabo, la sociedad exige que ayudemos a nuestros desfavorecidos y que apoyemos a quienes nos vinculan y nos dan su amor. El bienestar depende de nosotros por un breve tiempo, porque nos queda aún suficiente tiempo para lograr aquello de lo que nos han despojado.
Irrumpiendo en la frontera de tal mayoría de edad quiero responder a las inquietudes de la ciencia y el arte. Quiero iniciar un nuevo ciclo dónde tesoros obtenidos rindan frutos. Que las ideas forjen su centro en el templo de magnifico resplandor. Que la guardia de este sabio permita tus propósitos y la gloria. Quiero cumplir mi destino como quien guarde tus más profundos intereses.
Mi cuerpo ya empieza a cambiar y con él también entonces necesito llenar de sentido y contenido a las siguientes acciones que debo tomar. Para los siguientes años debo vivir la máxima Nitzcheana -reducida burdamente, en efecto-: Vive cómo si fueras a volver y a vivir esta vida miles de veces, en un eterno retorno. Hay que sentir pleno el amor por el mundo.
Debo abrazar este momento para no terminar arrepintiéndome ya anciano y cansado. No es lo que imagino. Me rehuso a morir con pena en mi corazón. Yo quiero ser un viejo sabio que cuida de sus plantas y animales. Un viejo hechicero dicharachero. Quiero sanar a los otros con mi medicina ancestral y mi fuerza espiritual. Quiero ser un antiguo miembro de esta sociedad que con su experiencia aporte algo al mundo. Un poeta y un escritor. Un artista y artesano. Para ello en mi vida necesito un sendero. Hay que trabajar en ello.
Mientras observamos uno de tantos ocasos en la playa siento que nuestro dolor y nuestro llanto nos ha hecho pensar que somos gondoleros de paso. Cómo Caronte llevando a otros a su destino mientras estamos atrapados en nuestra suerte de prisión. Me niego a pensar eso. Me niego a pensar que solamente somos vehículos. Tal vez el destino nos ha traído hasta este punto por qué tú y yo somos los únicos que podemos, en nuestra diferencia, complementar al otro. Ambos raros y fuera de este planeta seamos todo lo que se necesita en el mundo para que podamos ser.
Por ti Atenea victoriosa dejaré mis tesoros y mis ofrendas con intenso amor cuando visite tu templo en la acrópolis de mi reino. Desnudaré de armas y armadura para entrar limpio y puro, con incienso y devoción. Dejaré mi hábito de guerrero para ser tu concubino y comulgar el amor más puro y sacro. Solo una diosa del intelecto, de la guerra y la belleza es merecedora de semejantes dignidades.
Cada una de mis habilidades necesita una experticia. Cada una tendrá que ser la más afilada y letal arma allí afuera. Me haré a todas ellas de tal forma que cómo toda herramienta sean una extensión de mi cuerpo. Hasta qué cada una sea tan perfecta que logren enaltecer de oros y vítores tu templo. Seré el más letal y el más sagaz en utilizar todo mi cuerpo y mi intelecto para obtener en tu regazo la bendición de ese descanso que merecemos. Ese reposo que la sociedad, la política y la necedad de las anteriores generaciones nos niegan de par en par.
A cambio solo pido tu sabiduría y tu consejo. Quiero tu amor para conmigo. No pido más que de tu cabeza desciendan el porvenir y la estabilidad. De tu hermosa cabellera descuelguen las ideas de bienestar. Porque tú eres certera y clara. Mientras yo soy tu devoto teniente. Yo soy tu siervo y soy ferviente guardián. Yo siempre traeré conmigo flores y cariño.
