Bogotá – Punto de partida

Escribo esto antes de partir. Quiero hacer una somera descripción de mi ciudad de origen antes de salir. He estado pensando en distintas ideas a lo largo de mi estadía durante el mes de abril en distintos lugares. Aprovecho que he estado en el sur, en el centro y en el norte para ver los contrastes de la ciudad. Mil cosas se me quedan por fuera a pesar de que llevo días rumiando en nuevas cosas que añadir, pero intentaré hacer lo más descriptiva posible esta muestra.
Quiero agradecer a Javier, Sebastián, Wilson, a Mateo, su mamá Pilar y a Saki por dejarme permanecer en sus hogares y compartir un espacio conmigo. De verdad no se imaginan como me han salvado a lo largo del mes.

La ciudad de la furia:

La Candelaria, estas calles angostas y con andenes igualmente estrechos dan paso al extranjero, al estudiante, al político, al traqueto, al punko, al empresario, al habitante de calle, al perrito callejero y a los fantasmas de una ciudad con 480 años de historia. Acá, en el centro se encuentra de todo, acá se es de todo.

(Vista desde la candelaria, Foto propia)
También he deambulado por los distintos sitios del centro, no dejo de recorrer durante horas las distintas calles, siempre me han entretenido las distintas escenas. A mí el centro me gusta, tiene sus peligros así como su sabor agridulce por todo lado, ni hablar de los aromas, porque también cada dos cuadras se puede uno encontrar de golpe con fragancias inesperadas, no digo buenas ni malas… Simplemente son súbitas. Pero así es el centro.
Los principales centros de poder ubicados en la Plaza de Bolívar, unas cuadras abajo el Tercer Milenio donde antes era El Cartucho en los noventa, esa olla que después se desplazó dos cuadras abajo a la L del Bronx. Poder legislativo, Judicial, Eclesiástico (tanto por la Cátedral Primada como por el San Bartolomé) y el Palacio del Liévano, bonito pero invasivo su fachada con su toque Neoclásico ha sido la sede de la Alcaldía desde 1910. Todo está revuelto.

(Plaza de Bolívar, Palacio de Justicia, Foto propia)
(Plaza de Bolívar, Congreso de la República, Foto propia)
El centro está repleto de comercio, las calles que se riegan como ríos desde los cerros. Siempre fijos con Monserrate y Guadalupe, ambos cerros escoltando a estos 8 millones de personas a sus faldas. En cada troncal el comercio ha tomado espacio, tanto que uno ni puede caminar por la acera, la calle 13 hasta desembocar San Victorino y San Andresito de San José, la calle 19 con su final en la Caracas donde la escena se torna bochornosa con el trabajo sexual de diferente género y variedad.
Los edificios llenos de oficinas de todo tipo y de todo negocio, edificios llenos de interminables despachos de juzgados de descongestión, municipales y de circuito. Palabras indistintas para el turista legal, porque todos ahí si quedan gringos con cada término extraño, que por demás, arbitrario del idioma de los abogados. Esta es la jungla de papel, entre la de cemento. Carretadas de folios y cuadernos con todo lo que hay que hacer si a mí o a usted lo están demandando, con todo lo que le ha pasado durante el proceso sus argumentos y contestaciones apegadas a la norma. Es un mundo a conocer porque esa es la realidad más concreta a la que se puede acercar al mundo de las leyes.
Cada iglesia que se topa uno es un monumento de una sociedad que apenas está rompiendo esa visión parroquial del mundo. Hace un siglo Bogotá era reconocida por tener el mayor número de iglesias por habitante, pero la ciudad no estaba lista para lo que le venía. Ha sido un centenario duro. Millones de desplazados han llegado desde los cuarenta a la ciudad, estás personas llegaron a irrumpir y moldear al Cachaco que se creía viviendo en la Atenas de América y comenzó a vivir cada vez con más nostalgia, porque nada perdura ante la maquinaria de la historia y así como la ciudad ardió en el cuarenta y ocho se volvió a erigir con su variedad, con sus inquilinatos, con las viviendas autoconstruidas que cubren como un manto las faldas de la cordillera. Una ciudad que se expande a lo ancho pero que está densamente poblada en sus barriadas.
Se erigió de nuevo el comerció y ocupó sus plazas en el centro, edificios viejos tornados todo tipo de negocio o vivienda. Las familias adineradas no daban espera a reconstruir su Atenas y se fueron a vivir a Chapinero y construyeron hacia el norte lugares bonitos con fachadas europeas, grandes edificios oficinas, negocios internacionales, centros financieros. Chapinero no fue suficiente y creció y creció. El sur siempre en desigualdad con el norte, porque el sur no tenía tierra buena, pero el que tenía la tierra no la usaba, el más avión la loteo y la vendió por debajo de cuerda y de golpe la ciudad se extendió sin cesar en un abrir y cerrar de ojos. Aún nuevos barrios trascienden como hitos de la desigualdad social que ha encarnado el país, así como la fuerza con la que sobrevivimos y nuestras formas de resistir a tanta violencia.
Bogotá no hace sino bombardearme con infinidad de símbolos, el centro solamente me hace pensar en lo inmenso que es este sitio y lo frío que lo vuelve a uno. No por el clima, sino por la hostilidad con la que fluyen las cosas, los ciudadanos estamos siempre chocando y cada cuál en búsqueda de su verdad. Acá ese mítico ser egoísta y como en «un estado salvaje» si se ve. De hecho deberíamos venir a vernos como si fuera un espectáculo a ver si algún día recapacitamos sobre cómo vivimos. En el ambiente siempre hay violencia por todos lados. La ciudad con todos estos contrastes simplemente es violenta y no nos damos cuenta por estar metidos en el juego, por internarnos en la selva de cemento nos convertimos en fieras salvajes, «¡Cómo no!», cómo diría Héctor Lavoe. Ya saben lo que viene después. La ciudad nos abriga con locura y, en serio, no puedo pensar más que en un sabor agridulce. Porque la quiero, pero quisiera que fuéramos otros, quisiera que está grande urbe no nos maltratara sin querer. Nosotros debemos cambiar.

Me fuí al norte después de pasar unos días en un hostal del centro. Allí me encontré con lugares comunes porque buena parte de mi vida la he vivido entre conjuntos residenciales en distintos barrios. Pienso en una canción de Mercedes Sosa, en la que interpreta un poema de Cesare Pavese: «Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida».
Entre los parques arreglados, las aceras con arboledas, los caminos peatonales y los centros comerciales tengo recuerdos de todo. Es «gomelo» porque los barrios están hechos de cuadras y cuadras de conjuntos cerrados, con parques adentro y otros que tuvieron que ceder como espacio público porque antes estaban enrejados.

Hay barriadas, claro. La gente también llegó acá a la periferia del norte, por ejemplo a Suba, que ahora tiene más de un millón doscientos mil habitantes y pasó de ser un municipio como Engativá, Fontibón, Usaquén, Sumapaz y Usme, localidades que ahora son grandes extensiones de esta megalópolis de ocho millones de habitantes.

Sí, barrios colgando de las laderas, otros límitrofes con la cuenca del Bogotá, humedales ancestrales que ahora se ven obligados a retroceder ante el pavimento, proyectos como la Avenida Longitudinal de Occidente (ALO) conflictúan con los vecinos que comprenden la importancia ecosistémica de estos santuarios de fauna y flora.

Las casas gigantes de familias pudientes se van juntando con las fachadas de ladrillo y se mezclan los arrabales hasta ya no ser reconocibles. Una ciudad que se destruye y se reinventa en cada esquina, en la panadería, en el local de todo a mil, en las cacharrerías, en los «agáchese», la casa qué convierte su primer piso en tienda, por una ventanita o poniendo el mostrador. Acá está nuestra fuerza económica, en el vecino que decidió montarse el negocio, en la tía que le prestó para montar un negocio, en las horas de trabajo, en cada ladrillo puesto, en cada empresa desde en «chacero» de la esquina, el puesto de empanadas y arepas. Sí, en todos, en las grandes edificaciones y en las casas, en el conjunto, en la calle y en el rebusque.
Nos hemos agolpado todos acá desclasados, mestizos, tan revueltos y apretujados que si acaso se puede respirar.
Hemos tendido a expandir el occidente y el sur de la ciudad, proyectos de vivienda de interés social y prioritario, cambiar esa ciudad que no le gusta a algunos, posiblemente los de arriba, poner bibliotecas y lugares públicos como parques, bibliotecas, escuelas y centros comerciales. La ciudad se mueve, se anda organizando, así como el caos se de desplaza a las periferias las zonas que quedan atrapadas en la ciudad se reorganizan, colapsan y se erigen, se compran lotes, cuadras enteras, se inician proyectos de construcción para mejorar las condiciones de vida de quienes hace ya dos o tres generaciones llegaron a la ciudad. Hoy por hoy, sin importar los escabrosos problemas que ha tenido la ciudad, es una ciudad que pretende expandirse más y que tiene un hambre voraz.
La industria se desplaza, deja los centros en Puente Aranda, grandes fábricas icónicas como Bavaria se han movido a municipios aledaños, municipios que han aumentado la interdependencia con la ciudad, de nuevo, la ciudad es predadora, se nutre de los recursos de municipios cercanos, los invade con nuevas fachadas en los cascos urbanos, fincas recreativas y casas de campo. Muchos incian un proceso de expansión para recibir a los Rolos que buscan estilos de vida más tranquilos y a precios más módicos.
No significa que toda la industria se vaya, hay sectores que siguen atrincherados, metidos entre los barrios, empresas de familias que toda la vida han obtenido los frutos de su trabajo duro, de sus fábricas, de sus trabajadores, transportadores; recicladores que vienen y van llevando materiales a centros de acopio que luego son utilizados para distintos fines. Una vida dura, una vida de trabajo, de manos gastadas y cansadas, manos que se han endurecido por la fuerza, espaldas resistentes de titanes camuflados de siervos.
La cantina de la esquina, el tejo, el billar, el bar, la fiesta, las fiestas, los festivos y los mil y un desfogues de nuestra cultura siempre vista como alegre desde afuera. «La pola» o «chela», «el guaro», un roncito, el trago «chirri» y «el chamber». Tenemos la fama de tomar mucho, «jartar» es la palabra adecuada. Nos tomamos por todo, porque perdió la selección Colombia, porque ganó, porque nos echaron o nos recibieron en un nuevo trabajo, porque nació un hijo o una hija, entre mil excusas más. Tomamos porque queremos olvidar, tomamos porque nos cansamos del arduo trabajo, desde su jefe y el jefe de su jefe hasta el pillo que vive de «hacer sus vueltas».

(Celebración del 4:20, Centro de Bogotá, Foto propia)
Las drogas también están presentes, toda capital concentra infinidad de negocios turbios. «El jíbaro», «el flecho», el contacto se puede conseguir. En las noches hay encuentros, transacciones, véndame «un veinte k», «un diez», «una felpa», «el baretico», «péguelo», sí péguelo socio, «el carrazo» que es el mismo bazuco. La farra electrónica con «pepas», «ácidos», popper, el tusi y mucho más. La ciudad también trae sus negocios turbios, trae sus vicios, hacen perder a la gente, o por lo menos esa es la historia de algunos habitantes de calle, sino es el alcohol y las drogas, sumado a situaciones emocionales fuertes y a problemas psicológicos. ¿Saben? Tuve un amigo habitante de calle, se llamaba Toño, lo conocí hace unos dos o tres años en el centro, en un momento me comentó como fue su historia y creo que está bien rememorarlo, porque eso tiene esta ciudad, aquí la gente se pierde y se encuentra a veces ambas al tiempo.
Bogotá es el lugar de las oportunidades para millones de familias, es el acceso a bienes y servicios, a educación a aspiraciones más grandes en la vida, las personas que vienen de las regiones sientes como es de difícil la cosa, pero lo apuestan todo para venirse para acá.
Acá están los chinos y las chinas que estudian, están las universidades y la bendición de un hijo o una hija graduada. Esos pelaos que sufren mientras trabajan y estudian, los que solo estudian y sus familias los apoyan, los que vienen a «guerrearla» desde lejos y se devuleven en una flota o en un avión cada vez que pueden ver a su familia. Estudiantes que se preparan para aportarle algo a su sociedad, para conseguir un mejor trabajo o simplemente hacer algo con sus vidas porque agobia mucho vivir con un salario mínimo, y no lo digo en mal sentido, honrado cada centavo que se gana con el sudor de la frente, pero no nos engañemos, que a nadie le alcanza la plata en esta ciudad.
Una ciudad profundamente contradictoria. Una ciudad hecha a su imagen y semejanza, con la multiplicidad de identidades y culturas que se aglomeran, el desarrollo de nuevas formas, las culturas urbanas por ejemplo, que se desvanecen o se vuelven papel al salir de la ciudad. El arte emergiendo en sus nuevas expresiones. Pintado en paredes y perdiendo el sentido del pasado y adquiriendo nuevos sentidos en el presente.

Bogotá es la ciudad de la furia, porque acá todos quieren venir y acá todos se chocan, acá todos amamos y sentimos de millones de formas distintas, acá todos tenemos deseos fugaces, nada perdura ante el tiempo y acá todo siempre se mueve, acá la ley es que si usted no se mueve, está llevado.

Sin embargo, la ciudad de la furia es memorable, por su inmensidad, por su fuerza y su dureza. Siempre estará en mi corazón porque acá conocí a personas muy importantes, a personas que he querido y que aun estimo muchísimo. Acá aprendí como sobrevivir, a moverme de norte a sur, de oriente a occidente, aprendí que las cosas no se ganan sin esfuerzo, que nada es gratis, que la gente le ve la cara de pendejo a uno y que otras veces hay que jugar a ser el más avión, o se lo llevo el carajo. Acá toca jugársela con toda, porque si no es usted es el otro detrás de usted, y siempre hay alguien ahí, siempre hay alguien nuevo llegando y alguien marchándose acá todo es movimiento, brutal movimiento.