Un baño de sol

Es domingo en la noche, estoy aquí, frente al computador escribiendo una bitácora reflexiva mientras mi cuello, hombros y pecho me arden. Estoy rojo como un camarón cocido.

Todo empezó el primero de octubre. Llevo días enterándome de que están despidiendo compañeros con justa causa. El lunes, mi jefe y amigo me pidió que cesara actividades y dejara todo en orden por si algo sucedía. El miércoles lo despidieron a él, a mi compañera de equipo y a otros tres del departamento. El jueves me reuní con el director del área, quien me tranquilizó: conservaría mi puesto y mis funciones. Todo esto ocurrió justo después de que noté que la gerencia revisaba números antes del último trimestre. Efectivamente, estamos en reestructuración.

Esto es normal en cualquier organización. El contexto político y económico es dinámico; al adaptarse a circunstancias externas, las empresas generan cargas o pérdidas que requieren ‘sacudir’ su estructura interna. Al menos así suena desde esa perspectiva impersonal de la visión organizacional. Lo entiendo con mi lógica de analista de datos y mejora continua.

Pero para mí, esta experiencia significó días de angustia y un golpe de realidad. Hace unos años, al volver de viajar por Colombia y Ecuador, me prometí trabajar por la estabilidad familiar. Mentalmente me dispuse a hacer carrera y nombre dentro de una empresa. Los resultados fueron buenos en términos objetivos: mi familia está más unida, logré estabilidad y depuré sombras y culpas. Por primera vez me siento orgulloso de mí mismo.

De repente, todo colapsa a mi alrededor y quedo como sobreviviente. Esa ansiedad, la necesidad de hacer cuentas, reorganizarme y pensar profundamente en qué pasará conmigo cuando todo se vaya al carajo, reactivó una chispita. De esa creatividad e inspiración divina comenzaron a brotar ideas. Como un rayo, por mero impulso, abracé el momento y encontré herramientas que llegaron a mí como extensión de mi cuerpo.

Mi discurso se articula, mi mente quiere aprender y compartir lo que aprende. Recuerdo que necesito sincronía con lo que hago, que esta magia tal vez se ha ido apagando, metida en una estructura. Como si el oficinista gris hubiera suprimido al ser dorado que subyace en mi corazón.

No puedo ignorar ese pulso y permanecer dormido. Claro, esto ha sido una bofetada de realidad: todo lo planeado para los próximos dos o tres años se ve difuso. Mis planes y el peso puesto en la tranquilidad laboral quebraron cuando vi que todo puede acabarse.

Necesito enfocar mis esfuerzos en algo que me dé sincronía. Una reconciliación con mi vocación. Decidí tomar un descanso para aliviar mi sistema nervioso y respirar hondo para pensar.

Mi mamá quería tomarse un descanso el 9 y 10 de octubre. Nos reunimos con mi hermano por llamada, vimos ideas y costos, y compramos tiquetes para el balneario de aguas termales en Tabio.

Con esta elección y la sensación de malestar laboral, comencé a leer la historia de Tabio. Me interesé por indagar su historia prehispánica y busqué trabajos académicos que me dieran una visión del contexto municipal.

Encontré hallazgos formidables: estudios sobre aguas termales con sales, dióxido de carbono, ácido sulfhídrico, bicarbonato de sodio, calcio, magnesio. Lo que más me impactó fue el descubrimiento de Antonio Barriga en 1933: una emanación de gases de radón en cantidades no peligrosas que incluso podrían ser benéficas, aunque el tema requiere más investigación.

Encontré artículos sobre urbanización de la sabana de Bogotá, modelos de ocupación muisca, territorio, desarrollo y medio ambiente, resistencia colonial, estudios genéticos y arqueológicos, arquitectura religiosa y tensiones espaciales sobre el agua.

Este último elemento me parece central. Recordé un video de N.E.P.E.S.T en YouTube que vi a comienzos de año, con una reconstrucción excelente de la geología, geografía, poblamiento y forma de vida muisca que me pareció divina. Lo volví a ver y me imaginé visitando los petroglifos de El Abra, yendo a museos para encontrar inspiración en esos hechos materiales.

A partir de todo esto, me cuestioné directamente por la historia del municipio que visitaríamos. Recuperando esa inspiración que tuve hace años cuando viajaba, quise empaparme lo más posible del contexto de Tabio durante la época muisca.

Empecé a imaginar los bohíos humeantes. En la colina donde hoy está la capilla de Santa Bárbara, visualicé un cercado: el hogar del cacique Thabansuca. La gente con ruanas algodonadas observaba hacia el sur la cuenca del río Chicú y hacia el norte el río Frío, ambos con tierra labrada en camellones que adornaban como grabados de orfebres el curso de aguas doradas. Mi imaginación voló: me imaginé a Tisquesusa pasando por aquí, pidiendo ayuda al cacique, recibiendo refugio y suministros antes de ser asesinado en Facatativá por Alonso Domínguez en la expedición de Jiménez de Quesada.

Me pregunté qué percepción tendrían de las aguas termales, si aquí harían ofrendas, qué historias habrían alrededor de estas aguas benditas. Me pregunté qué pasó con aquellos ancestros, qué queda de la historia de aquel municipio.

Reflexionaba y les contaba todo a mi mamá y hermano mientras íbamos en la flota hacia el municipio. Nos bañamos en las aguas termales y pasamos un rato excelente. Cometimos el error del foráneo: nos olvidamos de Sué, del taita Sol que todo lo ve. Nos miró fijamente durante tres horas de baño y nos quemó a todos. No podríamos engañarlo: éramos foráneos con caras de gringos y pieles blancas y paliduchas.

La quemadura no se anunció en el momento, sino hasta que fuimos a comer al pueblo, al restaurante Mirris, y empezamos a sentir la piel picar. El sol nos dejó una marca: ‘aquí estuviste, aquí te reconocí’.

Hoy el centro de Tabio se enfoca en la experiencia para viajeros rolos y extranjeros. Ofrece comida gourmet con fusiones entre lo tradicional y nuevo, restaurantes vegetarianos, cafés, bistrós y bares. Alrededor de la plaza central, se nota que la planeación municipal busca mantener la construcción colonial mientras integra oferta para visitantes.

En la plaza conservan fotografías y esculturas recientes sobre el Torbellino. Tabio es epicentro del Encuentro Nacional del Torbellino y las Danzas Tradicionales, al que asistí en 2012 en una visita de trabajo. Esta danza representa el mestizaje y el acercamiento entre lo indígena y lo español.

En la cultura encuentro un puente entre pasado y presente: la vestimenta sencilla de la vida campesina andina, la transformación del territorio mediante la apertura del monte para tierra arable. El uso de camisa o blusa blanca, pantalón de drill o falda con vuelos, ruana de lana y sombrero de paja. La transformación de la adoración de Chía y Sua en rituales de cortejo y festividades de cosecha de esta identidad campesina folclórica. La combinación de instrumentos de cuerda europeos con viento y percusión indígenas genera un ritmo acelerado, y el canto de la Guabina dice mucho de la convergencia de dos mundos.

En Tabio no he encontrado resguardo indígena actual. La descripción de 1933 sobre un ‘blanqueamiento’ de la población casi total deja entrever que el mestizaje y lo que queda en el folclore resguardan esas voces del pasado, junto con narrativas en las Termales del Zipa que rescatan la figura de Tisquesusa.

Al día siguiente, invité a mi amigo David a acompañarme al municipio para hacer senderismo. Esta experiencia quería fotografiarla y grabarla, pero el ambiente familiar no era el ideal para tomas y grabaciones.

De nuevo, emocionado con lo leído, le conté a David lo aprendido. Visitamos la ermita de Santa Bárbara, la plaza central y fuimos a caminar hacia la Peña de Juaica.

Tomamos una ruta al sur, siguiendo la carretera que acompaña la cuenca del río Chicú. Observamos campos bien organizados, fincas grandes con tractores, producción de hortalizas y maíz, ganadería bovina y equina. En la vereda, casas enormes como mansiones con estilos particulares y modernos decoraban las faldas de la Serranía del Majuy.

Lastimosamente, la ruta no permitía subir hasta la peña, solo hasta fincas a 700-1000 metros. Agotados, descansamos, tomamos videos de lo visible y retornamos al pueblo. Entramos a Mandioca Cocina y Cultura para rehidratarnos y probar algo local. Ahí notamos el presupuesto orientado al turista y una oferta interesante de comida fusión.

Con este recorrido, reflexiono sobre lo que debo mejorar. Caigo en cuenta de que en mi ejercicio de lectura quise haber hablado más con personas que sepan del tema, con actores locales o visitantes frecuentes. Me quedé corto técnicamente: me hubiera gustado filmar o fotografiar ciertas tomas. Aunque preparé preguntas y micrófonos, no me sentí listo para abordar una tarea de campo así.

Reconozco la artificiosidad de este primer acercamiento: querer hacer trabajo de campo mientras simplemente conocía un lugar como turista. La tensión entre espontaneidad del encuentro y estructura metodológica me dificultó encontrar el punto donde la investigación nace orgánicamente del contacto genuino con el territorio.

Aquí encuentro lecciones importantes sobre intencionalidad. Para el trabajo de campo que me gustaría hacer, necesito insertarme más entre quienes habitan el lugar. Estar más tiempo, no sentir la fatiga de visitar todos los sitios relevantes en un día. En términos académicos, me gustaría traducir hallazgos arqueológicos en puntos clave para tocar durante las visitas.

Aún me siento inexperto haciéndolo por mi cuenta. Aunque tengo experiencia de trabajo de campo universitaria y viajera, me falta balancear un formato sencillo, espontáneo y libre con elementos fuertes de metodología de campo e investigación-acción participativa.

De repente me veo retado a pensar más en esto, a trabajarlo poco a poco, mejorando paso a paso.

Lo que comenzó como refugio de la ansiedad mundana—este ejercicio extraño de investigación obsesiva—se transformó en un llamado familiar, un eco de la vocación que sentí hace siete años. Me reconforta observar a creadores de contenido que iniciaron con formatos artesanales y hoy cosechan producciones pulidas; veo en su trayectoria un espejo posible para este impulso que ahora me habita.

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