Es muy fácil perder el camino, tan pero tan fácil cuando uno camina con ligereza y la mente se hunde en la ficción de esta realidad superflua.
Llegamos con mi bandada de corazones maleantes a una ciudad. Era hermosa, llena de gozo y de actividad. Justo en la entrada nos recibió un delegado de la noble que controla la ciudad y nos recibió con bendiciones, con halagos y con regalos. A todos mis hombres los llevó a una hostería y a mi me llevó a su mismísimo hogar.
Cayendo la noche, le pregunté con interés por las necesidades de su señora ya que nuestro objetivo al salir de nuestro hogar era la aventura y la conquista. Este hombre dilató la conversación y me dijo que al siguiente día hablaríamos al respecto, me envío a descansar y me ofreció tomar un baño caliente. Asumí que sería bueno después del largo trayecto dejarnos descansar y me supuse que mis bohemios compañeros también buscarían lo mismo.
Hermes, que era el nombre de este amable sujeto me dio una toalla y me dirigió hacia su baño. Al abrir la puerta quedé sorprendido. Se trataba de una gran piscina de agua, todo el cuarto estaba decorado por mosaicos hermosos de colores turquesa con grabados rojo carmesí haciendo contraste. El agua estaba caliente, y era muy clara; un aroma a rosas e incienso invadía el ambiente. Él se aproximo y me dijo: -Sé que vienen de lejos, descanse se lo merece, he encargado a mis hijas que le hagan compañía para agasajarle y ataviarlo-. Cerró detrás de mí la puerta y no me dejó replicar. No entendía por qué tanta amabilidad.
Me desnudé, me metí en el agua y un escalofrío me invadió, estaba a una temperatura perfecta. Decidí tomármelo con calma y disfrutar del buen trato de este hombre.
A los pocos minutos cruzaron por la puerta un par de jóvenes mujeres, muy hermosas ambas. Venían desnudas y sus cuerpos eran esbeltos. Venían sonriendo y hablando entre ellas, se detuvieron al borde del agua y dijeron: -Señor, somos todas suyas por toda la noche. ¿Qué desea de nosotras? –
Sorprendido y aletargado por efecto del agua y del incienso observé como se metían al agua y venían hacia mí. No pude decir una palabra. Se acercaron a mí y me bañaron todo. Sus manos suaves tocaban todo mi cuerpo mientras fregaban sutilmente cada parte. Tocaron mi falo y la más joven de las dos empezó a jugar con él. La otra exclamó: – Me alegra ver que le gustemos – mientras tanto se abalanzo a besarme y tomó mi mano para que agarrara sus senos.
Mustio en silencio, pero agitada el agua empecé a dejarme llevar por el juego y entre las dos musas me saciaron de placer por horas en aquel baño, ni siquiera puedo saber cuánto tiempo fue con certeza, perdí el sentido de todo en un éxtasis desenfrenado. Me dejé llevar por el placer.
Cansado ya, sin más ánimo para continuar el par de hermanas me ayudaron a vestirme con muy finas ropas de seda, muy cómodas, propias para descansar. Me guiaron a mi habitación y durmieron conmigo resguardándome cada una a diestra y siniestra.
Al levantarme al siguiente día se habían ido. Había dormido tan profundamente que no advertí su salida. Me levanté, me vestí y me dispuse a salir a buscar a mis hombres.
Hermes y su familia se encontraban en el comedor, desayunando ostentosamente con todo tipo de bendiciones sobre su mesa. El olor y la visual de la comida eran espléndidos. Él se levantó, me saludo cálidamente y me invitó a comer con ellos. No me podía negar ante la hospitalidad de este hombre.
La conversación de la mesa era jocosa, recordaban un paseo reciente que hicieron a las montañas cercanas de la ciudad y hablaban con decoro de la belleza de aquel lugar. Yo, no tenía mayor participación, pero las viandas de los distintos platos no dejaron de pasar por enfrente mío hasta que me sacié de las más deliciosas carnes, vegetales y fina pastelería. Cuando todos se pusieron de pie, me excusé y pretendía ir a buscar a mis camaradas.
Cuando llegué a la hostería donde se hospedaban los encontré a todos felices, con resaca, algunos tenían a muy bellas mujeres en su regazo, otros comían con demasía y otros aún bebían mientras jugaban a las cartas. Hablé uno por uno con ellos y todos se encontraban muy contentos y bendecían la fortuna de llegar a esta ciudad. Después de ver que todos se encontraban bien, volví con Hermes para que me llevara con su señora para que así pudiésemos disfrutar de una aventura. De seguro alguien con tanta riqueza y bondad requeriría de los servicios de estos guerreros.
Al volver Hermes ya no estaba en casa. El par de hijas dieron el recado que esperara con ellas en casa hasta que volviera, él tenía que atender algo importante. Viendo el ánimo de mis hombres y teniendo que esperar acepté.
El par de muchachas me consintieron y durante buena parte del día me colmaron de detalles. Vino delicioso, tabaco del más fino, cerveza de lugares muy lejanos y jugaban a seducirme con comentarios sutiles y de doble sentido. Pasé el día entre toda esta pompa, muy cómodo y muy tranquilo.
Cuando Hermes volvió, le consulté nuevamente por su señora. Me evadió nuevamente con historias sobre dilemas más urgentes que a él se le presentaron en el día. Me invitó nuevamente a quedarme esa noche, me aseguró además que ya había pagado la estadía de mis hombres en el estadero. Pasé la noche acompañado nuevamente del par de diablillas, de nuevo caí rendido esa noche entre el olor a rosas e incienso.
A la mañana siguiente Hermes había partido desde temprano. Fui a ver a mis hombres y estaban igual, encantados con la generosidad de este hombre. Decidí caminar por la ciudad y todos vivían muy tranquilos, no había una barriada desfavorecida como suele haberlo en todas las grandes urbes. Las tiendas cerraban a las 6 de la tarde y toda la población ociaba en las plazas y parques públicos muy estratégicamente ubicados. Permanecían hasta tarde afuera disfrutando del agradable tiempo y del bienestar que emanaba del noble castillo.
Volví al hogar de Hermes y al cenar con ellos, él siempre evadía el tema. No había misión, no había propósito. Solamente me decía que me tranquilizara y que todo iría por su cuenta ya que su señora no le había dado ninguna instrucción, había otros asuntos más importantes por el momento. La faena nocturna se repitió una vez más, pero en mí ya había una desazón y algo me hacía sospechar de tanta hospitalidad.
Pasaron tres días más. La historia se había repetido igual todos los días. Ya conocía la ciudad completa de pe a pa y fui a hablar con mis hombres para indicarles que si al siguiente día partiríamos si no teníamos una labor que acometer. Ellos se enojaron, me llamaron un tonto por no aprovechar los beneficios que nos estaba dando el bueno de Hermes, por no ser lo suficientemente avispado para aprovechar y gozar de la dilación de la líder de la ciudad. De repente la sospecha surgió en mí. Creo que cometí un error al dejarme seducir por tanto lujo y derroche. Mis hombres estaban igual de ciegos que yo, peor aún, habían perdido el sentido del deber. Les reproche su actitud, pero todos me insultaron y me dieron la espalda para seguir en lo suyo. En unos cuantos días perdí a mi bandada, y no los pedí ante un enemigo en combate sino contra el monstruo más traicionero: la ilusión mundana.
Volví con Hermes y me excusé con él, le dije que tenía que salir pronto de la ciudad, que un mensaje de mi hogar me había llegado y tendría que volver. El hombre cambió su mirada y se dirigió a mi en un tono amenazador y directo: – He sabido que ha regañado a sus hombres, me entristece que tenga prisa después de la atención que le he dado. Hasta le he entregado a mis propias hijas y ellas se encuentran felices de tenerlo a usted acá. Me siento ofendido por su actitud -. Se volteó y río a carcajadas. Continúo: – ¿Ahora que hará? ¿Qué hará si ahora está solo? Le pido que se marche, no me ha agradado su ansiedad, me ha ofendido en mi hogar cuando yo le he abierto las puertas con toda la comodidad ¡Lárguese! -.
Cómo llegué me fui, pero cuando fui a hablar con mis hombres ninguno quiso partir conmigo. Me indicaron que Hermes les había dicho que los necesitaba a ellos, pero no a mí y que yo le había ofendido. Les ordenó pues que sí querían podrían quedarse allí en la hostería hasta que fueran llamados a su labor. Ninguno me acompañaría, todos se quedaron allí.
Al salir de la ciudad tomé otro camino. En efecto, mentí al decir que iría de vuelta a mi hogar. Voy a admitir que no sentí tampoco un impulso por salvar a los míos. Ni tampoco sentí remordimiento por la forma en la que me habían tratado. Fueron muy débiles y al primer lugar que llegamos ya desertaron. Tan confiado que me encontraba de ir a conquistar junto a ellos y ahora solo yo seguiré esta senda. Por mí está bien.
El camino que tomé llevaba a un bosque, bastante espeso y el camino se veía olvidado. Llegó un punto donde el camino se lo consumía la vegetación y yo, como siempre abierto a cualquier camino, como bien viajero que soy, me interné en el espeso laberinto.
Los sonidos del bosque limpiaron mi alma. De repente las orgías de placer, la abundante comida y la comodidad de la casa de Hermes me parecieron degradantes, por no decir que pesadas y perezosas. Aquí en el bosque mientras oscurece decido aguardar a comer hasta el siguiente día y en medio de la oscuridad de una luna nueva prendo un fuego y me siento a meditar.
Siento que he descargado un gran peso. A mi mente viene una sonoridad -Shi-, se va repitiendo en mi mente y se complementa -Shi-va-. De repente a esa sonoridad llega un canto -Om namah shivaya-, un mantra acompañado del canto de muchas voces, se agita se acelera y veo a un hombre bajando de una montaña mientras baila en éxtasis. De repente vienen a mí historias, lecciones y metáforas. Le imagino sentado frente a mí en posición de loto. Veo que sutilmente en sus labios se asoma una sonrisa, se para y con mucha compasión me mira, me bendice y se marcha de nuevo a la montaña.
Me levanto al siguiente día. No supe en que momento caí dormido, pero recuerdo con claridad mi visión de este ser y ese mantra se repite en mi mente desde el comienzo del día “Om namah shivaya”. Me levanto entonces y decido ir a por comida, hoy tendré que cazar y forrajear para poder hacerme de lo que necesito.
Logro capturar una especie de conejo o roedor que no conozco. He colectado bayas y unos hongos que reconozco. Me muevo hacia el oriente siguiendo el nacimiento del sol y parece que me interno cada vez más en el bosque, que parece no tener fin. Camino hasta que el sol hace el amague de ocultarse. Vuelvo a encender un fuego y preparo mis alimentos. Antes de comer, agradezco a Dios. Estoy concentrado en este agradecimiento y viene de nuevo el mismo mantra a mi mente. Lo empiezo a entonar en voz baja y decido aguardar para primero concentrarme en esa imagen, en esa sonrisa que apenas se asoma en ese hombre frente a mí. Esta vez el hombre se acerca a mí y me susurra al oído: – Aquí no estás perdido, acá te encontrarás -. De repente el fuego chasquea, doy las gracias y recibo los alimentos.
La rutina prosigue día a día, con la diferencia de que entre más tiempo llevo en el bosque más largas se hacen las charlas con el hombre. Cada día mi lujuria se apaga, mi codicia se desvanece, mi necesidad por conquistar y domeñar al mundo y a mi vida también se van. Un día, simplemente me levanto y ya no deseo la comodidad. Quiero la verdad. Quiero aprender de ese hombre.
Hubo un día que fue muy caluroso. A lo lejos vi humo y supe que alguien más estaba en el bosque así que acudí para conocerle. Al fin y al cabo, llevo un tiempo sin hablarle a nadie más que a esta deidad.
Al acercarme, hay tres hombres. Me da curiosidad y miedo al mismo tiempo. Si tuviesen malas intenciones yo estaría en riesgo. Sin embargo, con la mejor disposición me acerco esperando lo mejor. Los hombres me saludan y me reciben. Me piden que me siente en su fuego para hablar, sin embargo, ninguno se presenta, así que yo tampoco doy mi nombre.
Ellos me cuentan que viven en el bosque, que todos son hermanos e hijos de una sabia que habita el bosque. Yo les cuento mi trasegar y les hablo de mi peregrinaje en el bosque. Ellos se asombran porque dicen que su madre, de saber que estoy en el bosque seguro les habría enviado a asesinarme, ya que ella prohíbe a cualquiera de cazar o de incluso internarse. De repente los tres hombres se ponen de pie y me miran con desprecio.
Hablan entre ellos: – Debemos matarlo – dice uno, – démosle una golpiza para divertirnos – dice otro, el último se queda pensativo. Yo palidezco y me dispongo a luchar, vaya que fue una mala idea.
Me levanto y mientras ellos discuten voy caminando hacia atrás sin bajar la guardia. Voy a intentar correr, pero los tres se dan cuenta que ya me he parado. El que estaba pensativo aún contempla la situación, otro saca un cuchillo y el último parece estar bajo los efectos del alcohol o de algún narcótico así que sus pasos son torpes e inestables. El del cuchillo salta sobre mí. Yo lucho por desarmarlo y logro arrebatarle el cuchillo golpeándolo en la mano, pero se repone y me tumba al piso. Me golpea incesantemente. Yo recibo los golpes y me encojo en posición fetal para resistir los embates mientras me apalea.
Quedo malogrado. En algún punto pierdo la consciencia y para cuando me vuelvo a levantar me tienen atado y el que me golpeó me carga al hombro. Tomo consciencia de lo fuerte que es, ¡Cómo no perder la consciencia con un hombre tan fornido y agresivo!
La noche cae y acampan por el momento. Hacen de comer y a mi me dejan atado y todo golpeado a un lado. Apenas si puedo moverme del dolor y la inflamación. Se van a dormir y veo una pequeña oportunidad para huir. Me cuesta mucho ponerme de pie en silencio, pero lo logro y sacando fuerzas de lo más profundo de mi alma, del instinto de supervivencia, supongo. Camino y luego corro tan rápido como mis heridas me lo permiten.
En la oscuridad caigo en una hendidura del suelo y no me puedo volver a parar. Mi cuerpo está acabado y si ellos me encuentran posiblemente también deje de respirar, pero no puedo hacer nada, pierdo la consciencia y me fui de mí mismo hasta el amanecer.
Cuando me levanto alguien está caminando cerca de mí ¡Uno de ellos me ha encontrado! Se acerca y me levanta. Es el que estaba pensativo. Levanta mi cabeza y me dice: – Vaya, estás muy mal. Te pido disculpas por el comportamiento de mis hermanos. Es una fortuna que el que te haya encontrado sea yo. He estado pensando que si mi madre te permitió entrar al bosque ha de ser por algo. Te llevaré con ella. –
De nuevo pierdo la consciencia y cuando me levanto estoy en una cabaña. Por la puerta entra una señora ya anciana, pero con mucha vitalidad. Ve que estoy despierto y se me acerca. Parece susurrar mientras aplica un bálsamo en mis moretones, dice: – Vaya problema en el que te has metido, yo sabía que no eras una mala persona, pero si tenías que hacer el pago por todo aquello que te ha cegado -. Yo intento preguntarle quién es, pero mi mandíbula está desencajada y hablar es una tortura. Ella me entiende a pesar de todo – Yo, solo soy una anciana. O tal vez no. Yo sabía que vendrías, pero no esperaba que te encontraras con Rayas y Tamas, con mis hijos. Pero esta paliza es el pago por tu descuido ¿Por qué a los humanos les gusta contaminar tanto su mente y su cuerpo? -. Yo estoy intentando entender lo que me dice, pero sin poder hablar solamente quedo atento a ver qué más tiene para decir, y ella prosigue: – Este es un bosque sagrado, aquí los humanos no pueden entrar, por su codicia, por su lujuria, por todo eso que los contamina. Yo te dejé entrar porque mi maestro, Shiva, me pidió que te viera. Parece que se ha compadecido de tu pobre alma -.
De repente, cuando menciona ese nombre en mi resuena el mantra. Mi mente escucha una música y a pesar de que mi cuerpo entero duele me embarga un alivio en mi corazón.
Pasan varios días y gracias al ungüento que ella me aplica en mi cuerpo sano con rapidez, yo aprovecho para estar en constante meditación mientras me recupero y eso alivia mi alma. Día a día agradezco a Shiva por su amor, por su bondad, por traerme hasta acá muy a pesar de semejante paliza. De repente se presentan los tres hermanos en la cabaña y se acerca a mí el que me salvó mientras los otros me miran con recelo desde lejos, uno parece estar bebiendo y el otro afila su cuchillo.
Me dice: – Hola, mucho gusto, mi nombre es Sattva. Me alegra verte mejor -. Toma mi cabeza y la consciente como a un pequeño niño. Luego se sienta al lado de sus hermanos.
La anciana empieza a hablar: – Bueno, es hora de partir. Todas tus heridas sanarán pronto si tienes cuidado de mantener tu cuerpo y tu alma muy limpia, recuerda lo que te dije, esa paliza la tenías merecida, es el pago por el camino que ahora vas a caminar. Ahora tienes un maestro, pero exigirá de ti las más altas cualidades y devoción. Ni un poco menos. Toma esto -. De un cajón saca una brújula. Yo le agradezco y le digo que se orientarme por el sol, la luna y las estrellas. Ella me interrumpe: – Esta brújula no apunta al norte. Está brújula apunta a tu salvación. Esta brújula la ha construido Sattva con gran esfuerzo de su magia y es por esto que has venido hasta acá. Por favor, no lo olvides -. La pone en mi mano y con su mano acoge la mía y me besa en la frente. – Ya es hora de partir – dice finalmente y Sattva se acerca para abrazarme con afecto mientras Rayas y Tamas me miran con desprecio, aunque por un segundo veo en sus bocas que escapa una leve sonrisa como diciendo que su trabajo fue completado satisfactoriamente.
De repente, en mi surge un calor interno desde el corazón. Un agradecimiento profundo con ellos. Un mantra que resuena en mi mente. Empiezo de nuevo a caminar tan pronto salgo de la cabaña y doy una primera mirada a la brújula. Me dirijo hacia dónde me indica.
En la noche, después de caminar unas cuantas horas, enciendo un fuego y me dispongo a meditar. Apenas doy las gracias a Shiva por esta travesía siento la presencia de él frente a mí, en posición de loto. De su boca salen las palabras más dulces que aún no logro traducir, y seguido de estas dice: – Te enseñaré si quieres aprender, pero toda victoria se da con esfuerzo y sacrificio. Yo no enseño con facilidad ni por medio de la ilusión de la realidad, por el contrario, soy el destructor de esta. Ni la arrogancia, ni la soberbia, mucho menos la ceguera te llevará a ningún lado. Estos tres hermanos eres tú, quien se ha dado la paliza eres tú, pero también eres quien se ha salvado a sí mismo. Mi consorte te ha sanado por la bondad que habita en su corazón y está brújula siempre te guiará hacia la liberación si tu la aceptas como guía -. Se silenció y cerró sus ojos y volvió a su meditación. Yo derramo lágrimas de felicidad.
Gracias Dios.
