En el colectivo de mitos que vienen de origen indoeuropeo -porque sí, en efecto colectivamente compartimos arquetipos con occidente-, existe el mito de los dos gemelos. Donde uno de los hermanos debe ser sacrificado para que el mundo, el cosmos tenga su origen. Con su cuerpo, con sus vestigios la materialidad del mundo es generada. Esto es visible en la historia de Caín y Abel, de Rómulo y Remo y en general las culturas suelen acomodar este mito con distintas representaciones y formas.
Hoy en lo que me concierne a mí, tengo que hablar de la situación con mi hermano para poder drenar y depurar lo que posiblemente sean unos quistes emocionales muy fuertes. Yo a mi hermano lo amo de la forma más profunda, incluso me atrevería a decir que es la única persona que si de verdad se alejara de mi vida me doblegaría y me haría perder sentido de todo. Ahora que estoy limpio de los dolores del amor, sin las vendas de la angustia de una pareja ni los compromisos que siempre me tienen corriendo de aquí para allá, vuelvo a encontrarme con que una raíz de mi vida está un poco podrida, un poco jodida.
Algo que compartimos es esa responsabilidad por hacer las cosas bien. Nuestras vidas fueron siempre forjadas en contra de la de nuestros padres y esto llevó a que los dos nos veamos como adultos desde muy pequeños. Como personas maduras y responsables todo el tiempo. Cargando sobre nuestros hombros el karma de la familia. Fuimos raptados de la libertad de tener nuestras vidas como niños para construir nuestra vida bajo el prejuicio de que no podíamos fallar. Demasiada responsabilidad para un par de pequeños.
Supongo que su versión será diferente y espero que así sea, porque yo aún sufro mucho internamente por este destino que nos tocó. Para mí fue romper con la familia para hacer todo diferente porque no me gustaba mi hogar, mi familia -y así he decidido asumirlo- me ha regalado el privilegio de la autonomía, de aprender a mi propia manera las cosas, y yo, rebelde, necio con un ego hinchado creí que podía hacer todo mejor sin pensar que la vida es dura.
A día de hoy las relaciones con mi hermano son un poco agridulces. Por un lado, aún siento que es la única persona en el universo con quien puedo abrirme plenamente y contarle todo aquello que me aqueja o me alegra de mi vida. No me juzga y me trata como su sangre. Sin embargo, yo que siempre fui soberbio, cargué mucho tiempo con la responsabilidad de cuidarle sin darme cuenta que llevarlo a cuestas me hizo arrastrarlo a situaciones de extremo riesgo e incomodidad. Hoy pesan esas decisiones y si he sentido su juicio conforme pasan los años.
Yo le pido perdón porque yo asumí un rol que no me tocaba. Yo que siempre construí hogares alternos, construí familias que no eran sensatas, que en algún momento terminaban resquebrajándose y rompiéndose. Fui un padre aún peor que mi padre, porque una y otra y otra vez rompí el hogar.
Hoy pido a los dioses que me ayuden a desatarme de esto, espero hoy poder verlo a los ojos y así mis lagrimas se derramen, como mientras escribo esto, espero me pueda perdonar porque yo no soy un ejemplo a seguir, ni siquiera soy un ejemplo al cual contradecir. Pido que me libere de mi maldición porque yo nunca debí querer ser un arquetipo. Nosotros debemos disfrutar de nuestra vida, yo quiero disfrutar de mi vida sin la necesidad, profunda, densa, ya un poco podrida de querer aportarle un sustento, tanto material como espiritualmente. Yo sé que él nunca me lo pidió, pero yo necesito que me libere de esa maldición que decidí tragarme hace doce años.
Quiero que me perdone por todos los afanes, por que cada vez que terminaba con una de mis parejas él era parte de mi equipaje, indefenso y también sin capacidad para poder determinar su destino. Pido que me perdone porque sé que yo lo rompí mientras pasaba por mi momento más oscuro; durante mi relación más dañina y más miserable. Porque el amor a mi me ha cegado toda la vida, porque yo también soy un niño en el amor. Pido que me perdone por ser ese manojo de nervios y dolores que cargo con responsabilidades que no debía.
Ahora que estoy sanando, que de verdad estoy abrazando este delicioso estado de consciencia tan nutritivo y tan rico espero que podamos dejar atrás todo ese dolor, todas esas experiencias donde él también cuidó de mí hasta la fatiga. Porque sí, el también fue un padre para mí escuchándome intensamente mientras yo me retorcía de dolor e incertidumbre por la vida. Él también me dio sustento y si no hubiese sido por él me habría muerto.
Él también fue mi padre con lo que podía, con las pocas cosas que podía cargar, me mantuvo, me alimentó de mucho amor y de mucha ternura como es característico de él. Porque no conozco a nadie más hermoso y adorable que él. Precisamente esa dulzura y el arte con el que va pintando el mundo fue aquello que me conmovió inicialmente para darle abrigo. Precisamente por esa nobleza y sensibilidad fue que yo me decidí a protegerlo el día en que él se encontró débil y roto porque mi papá es un tirano. En parte, supongo, que por eso no puedo tolerar la arbitrariedad y siento compasión por los débiles y los oprimidos. No puedo tolerar de nuevo encontrarme con un pequeño niño que llora incesantemente por la estupidez de los adultos, que dicen ser responsables.
Él me protege aún siendo una luz. Durante mucho tiempo contemplé la muerte y viví en una fuerte depresión y a día de hoy, cosa que nunca le he dicho a nadie, ni siquiera a él mismo, era lo único que me mantenía en pie, porque no quería dejarlo a su suerte. Repetía constantemente en mi mente imágenes de cómo sería su vida si yo me rendía, si decidía terminar con todo. Me acobardaba entones y no podía cometer el acto final. Camuflé todo este tiempo ese impulso de muerte con mi adicción a las cosas nocivas, con el tabaquismo y con placebos que me distrajeran. Lo peor de todo es que en mi profundo abandono por mí mismo, cada vez que perdía el norte parecía ser peor porque cada vez lo decepcionaba más. Era mejor decepcionarlo que morirme y dejarlo solo. Hoy de verdad necesito descargar este peso.
Hoy que estoy sano. Que ya no me quiero morir, quiero que entienda el dolor que he cargado en mi pecho durante tanto tiempo. Que nunca he sido capaz de decírselo. Pero que a la vez agradezco porque de no ser por él no estaría escribiendo estas líneas. De no ser por él me hubiese rendido hace muchos años y a su vez no tendría esta gloriosa fortuna de estar madurando y creciendo de todos esos aprendizajes. Hoy quiero decirle que ya no lo necesito, que lo libero también de esa responsabilidad para que pueda hacer su vida como ha venido haciendo.
Hoy también le pediré cara a cara que por favor me deje libre de cualquier culpa. Yo he hecho lo que he podido, con todas mis limitaciones, con toda mi estupidez y mi fragilidad. Hoy le pido que me perdone por todos mis errores porque en efecto yo sí necesitaba pasar por todas estas experiencias para madurar, para entender cual es el sentido de la vida. Lamento mucho haberlo arrastrado en mi aprendizaje, eso nunca debió ser así.
Brindo porque todo aquello que nos pesa entre nosotros se vaya, todo aquello que hace amarga nuestra relación debe ser eliminado y saneado. Hoy, en el acto más profundo de amor nos libero de todo eso que nos pesa en nuestras espaldas. Abrazo una nueva realidad donde entiendo que tú eres como Balaram, eres una muestra divina de la grandeza de Dios, eres la fuerza del amor de los hermanos.
Así como sacrifiqué incluso mis pulsos más bajos y mis aspiraciones más altas para que tu realidad fuese como es actualmente, espero que puedas dar muerte a ese hermano para construir tu realidad. Permíteme renacer y florecer en tu corazón con una nueva versión de mí mismo. Ayúdame a que el remedio haga efecto y me sane definitivamente de estos dolores.
Te amo Karl.
