Tórax

No puedo culpar a quien se asuste al conocerme. Hago catarsis en simultaneo de un par de situaciones que, en esta preparación para la limpieza, me aquejan de forma intensa. Por un lado, mis dolencias físicas a las que a pocas personas he contado plenamente, porque la gente suele reaccionar de forma lastimera y arbitraria. Lo cual desprecio profundamente. Por otro lado, una pequeña brecha que puede terminar desgarrando mi alma si no la cuido bien y si no controlo mi ánimo frente a esto. Quiero evitar que tal vez pueda sentir un dolor innecesario y profundo, solo por el hecho de sentirme vulnerable. Ambos espectros comparten, de hecho, la misma naturaleza y se afincan en mi pecho con maneras y temporalidades diferentes.

Desde que era pequeño, con unos dieciséis años fumé por primera vez marihuana, esto mientras estudiaba en un colegio de Suba y cursaba noveno. Recuerdo que, con un par de compañeros, uno que le gustaba el tema de los skinheads y al otro la cultura rastafari subimos al Parque el Mirador de los Nevados para por primera vez fumarnos un porro. En efecto, siendo unos novatos fumamos de un bareto que parecía una empanada como habitualmente lo describimos quienes presumimos de nuestro poder arquitectónico.

La experiencia fue extática, para mí fue una conexión profunda con la naturaleza que me rodeaba, un estupor suave y delicioso empezaba a embargar mi cuerpo, como adormeciéndome un poco, pero a la vez mi mente se elevaba en una especie de explosión creativa. Mis ideas, un poco incoherentes en principio y acompañadas de una euforia que me hacía reír sin sentido de todo lo que decían mis compañeros psicoviajeros. Cuando descendimos, al pasar por la portería del parque, la cual es resguardada por un celador habitualmente, me hizo sentir paranoia y mi angustia era que alguien se diera cuenta de la traba que yo llevaba conmigo. Salimos y fuimos a comer pan mientras que disfrutábamos del viaje y la respectiva moncha subsecuente.

A partir de este momento la marihuana ha sido una planta de poder que me ha acompañado. Para mi desgracia, hasta hace unos años empecé a comprender y entender su poder mágico, en vez de usarla simplemente como un placebo que me calmara y me adormeciera en la vida.

Mi relación con las drogas siempre ha sido amena. Por un lado, porque mi cuerpo es de alguna forma resistente a estas y por otro lado porque las experiencias psicodélicas siempre me han revelado una dimensión diferente de la realidad y con esta nueva dimensión logro divisar cambios y modificaciones que debo hacer. Es como una pantalla en la cual puedo verme en tercera persona y al salirme de mí mismo para pensar, al menos, diferente. Aunque tal vez más joven abusé constantemente de varias y fui intenso en su consumo, porque necesitaba huir de todo lo que me pasaba. Eran, en últimas, el refugio a una realidad distópica que no me gustaba.

Ya un poco después, mientras cursaba mi primer semestre de Ciencia Política y a la par trabajaba en un call center intensifiqué mis actividades pulmonares y psicodélicas. Empecé a fumar cigarrillo de manera social porque un pana, muy pana mío, fumaba unos cigarrillos baratos marca Green. El tabaco fue también un acompañante entre mis dieciocho y veintisiete años. Se convirtió en un acompañante constante, compraba desde entonces medio paquete diario y así fue con altos y bajos, porque en momentos de stress y de tensión podía fumarme un paquete completo. Del Green pasé al Marlboro Ice, luego al Marlboro Rojo, pasando por el famoso Peche y el Lucky Strike Rojo, fumaba Mustang para sentirme malo y poco a poco le perdí el gusto a la menta artificial.

El alquitrán invadía mi cuerpo y con él mi aliento, mi hedor, mis manos hediondas a colilla. Me fui adaptando a ese hábito como parte mía. Tomé como una suerte de idealización por la muerte en mi mente; la veía como una mujer fumadora, una femme fatal que me acompañara con buen tabaco y conversaciones lascivas. Básicamente, incorporé durante nueve años el malsano hábito a mi vida. Y me costaba demasiado detenerme, casi que compulsivamente, incluso cuando el asco me impedía fumar más, fumaba para saciar una pica, una necesidad interna de introducir humo en mis pulmones.

Precisamente de esta compulsividad y esa constante ansiedad que llevo en el tórax, esa constante persecución por una saciedad imposible, por el estado extático supremo que me lleve a la calma y el remanso es parte de donde surgen, tanto el dolor físico de mis pulmones, como el dolor emocional y sensible. Siempre ha habido algo en el pecho que he querido asfixiar, como queriendo reprimirlo, como que quiero evitar que salga de mí y lo único que he buscado es matar ese pequeño malestar que me incomoda en mi plexo solar. A la sombra de todos, porque nadie, jamás entiende, porque tampoco es preciso que me vean con compasión o tristeza.

Mis aventuras amorosas que por excelencia fueron la razón de todos mis males no hicieron sino alimentar la insensatez y malas decisiones, ser compulsivo con aquello que me sienta mal, con la falta de dominio sobre mí mismo afectivamente. Así como fui incapaz de decir que no a mi propia adicción fui incapaz de decir que no a los amores rotos desde un comienzo. A las personas que me hicieron colapsar mi autoestima y a las que dejé que pasaran por encima mientras yo creía en el autoengaño de un falso amor. A la adicción de sentirme enamorado. Porque en últimas, yo seguí inhalando la pesadez que llevaba conmigo y la soporte a niveles que para alguien más serían insoportables. Todo porque mi entrega era total, porque esa maldita sensación que pedía humo era la misma que pedía aceptación. Porque siempre he querido ser amado como soy. Pero nunca he tenido nada más que alquitrán y suciedad por dentro. Aquello en lo que he buscado amor no es más que veneno.

Hoy, en esta preparación, en este periodo de suprema consciencia celestial. Clamo por que la vida me permita liberarme de tanta ansiedad. De esta necesidad absurda de aceptación. Yo ya no quiero sufrir más porque soy incontrolable, insaciable y carente. Yo soy este sujeto, que ha cometido errores, que se ha lacerado constantemente, que ha sido adicto y dependiente del amor, así como del tabaco y los distintos estados de consciencia. Pero ya todo esto debe cesar. Por sobre los instintos más básicos y mundanos debo imponer mi bienestar y mi amor propio. Pido de rodillas a los dioses que mediante su sabiduría me permitan superar mi adicción a sentirme valorado. Que me permitan cambiar esta espesa brea que ocupa mi pecho con el calor que merezco. Quiero de una forma definitiva que toda la ceniza que resta en mí transmute en ofrendas para con la vida.

Yo merezco ser yo mismo. Merezco sentirme tranquilo sin importar que me perturbe externamente. Que de mí siempre aflore el control y la saciedad. Que no pierda el dominio cuando en mi pecho yo desee fuertemente que alguien me de el tipo de afecto que yo quiero. En últimas de mi alma carente y sucia no podría surgir nada bueno. De un alma que aún quiere escapar cuando la tensión está a punto de romperla no puedo esperar la consistencia y la fuerza necesaria para cambiar mis hábitos si aún soy frágil.

Sin embargo, no busco una vida ascética. No busco de ninguna manera impedir que mi vida discurra con placeres mundanos, pero quiero disfrutarlos sanamente. Como este juego excitante de esconderse y encontrarse quiero aprender a contener mis pasiones de una forma en la que permita llevar mi disfrute pleno. Porque soy muy humano y nunca he pensado en ser ese tipo de sabio abstemio de la vida. Al contrario, quiero amar intensamente, quiero disfrutar de la naturaleza y de la experiencia, de todas mis historias surge una gran sabiduría apegada a la realidad misma.

Aquella riqueza que llevo dentro está en que conozco el mundo de una forma plena. Conozco ya cuando juegan conmigo, conozco cuando me aman de verdad. Puedo ver a través de los ojos como cristalinas aguas cuando alguien de verdad quiere compartir conmigo y entiendo los juegos gracias a que los dioses han sido gratos conmigo y me muestran este juego del amor con claridad. Porque si no hay juego no hay disfrute. Porque si no hay tensión o uno no la sabe resistir no puede disfrutar de la distensión. Igual que un buen cigarro mientras la noche está tranquila y en la soledad puedes tomarte el tiempo de inhalar su humo y dejar que aún te embriague y te maree. Como de esa pipa es suficiente para conectar con el cosmos y disfrutar de la relación consigo mismo.

Quiero desterrar de mí el dolor que yace en mis pulmones. Esos puntos de presión donde como las heridas abiertas arden cuando la combustión hace contacto con los bronquios. Quiero que todo ese alquitrán salga para darle paso a las bocanas de aire puro de una montaña. Que lo habitual sea una respiración normal y completa para que cuando desee disfrutar del éxtasis y de ese estado de consciencia suprema pueda disfrutarlo sin remordimiento y sin ansiedad. Así quiero disfrutar también del cariño que me quieran dar, en las dosis necesarias y perfectas; como venga a mí.

Ya últimamente, tengo pocos amigos con los que me interesa disfrutar de las drogas. Regularmente a los que más quiero son a los que les permito que me conozcan de esta manera. Crudo como soy. Así mismo quiero que a quien yo demuestre afecto y aprecio que yo no me comparto así con cualquiera, que se necesita algo especial para que de mí surja el interés y que en efecto daré de mí la mejor experiencia, incluso mientras decanto y me limpio, incluso mientras jugueteamos como gatos y ratones en una persecución intensa. En un juego de intensidad.

Con esto que escribo no busco ni cambiar la perspectiva de alguien frente a alguno de estos temas, ni busco la compasión, yo busco catarsis. Busco darme la fuerza para poder resistir los juegos de la vida, para balancearme entre los placeres que la vida tiene para mí. La buena bebida, la buena comida, el disfrute de las fiestas y la música, el buen sexo y el placer de juguetear mientras en mí surgen emociones y sentimientos cálidos. Que la tensión sea sana para mí, arrancando todo lo que me acostumbra a la adicción y la completa devoción a los demás. De nada me sirve perder el sentido del placer. De nada me sirve que me duela mi pecho. Lo que necesito es limpieza y salud, lo que necesito es el dominio de la tensión y la contención para expandir el horizonte de placer.

A día de hoy tengo que admitir que no temo que alguien escape porque se asusta de encontrarse con quien soy yo. Porque así soy. Cada vez estaré más limpio y más sano. Eso jamás cambiará la persona que soy y en esta tranquilidad reposa mi seguridad. Si han de huir es porque todo esto que tengo acá, todo esto con lo que vengo y con lo que soy es incomprensible o es ajeno. Ya no me da ansiedad perder a nadie. Porque tengo a quienes me aman así, empezando por mí mismo.

Una flor se abre en mi habitación mientras que en mi plexo solar desaparece la ansiedad. Mientras medito y pido a los dioses que abran mi camino para poder disfrutar de mi vida tal cual como es. Que la sabiduría de esta limpia me traiga el control sobre todo aquello que disfruto.

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