Capítulo II – Despejo

El ciclo material y físico ha cesado. Todo aquello que inicié a manera de experimento y prueba ya tuvo su brillo y su declive. En el sucesivo proceso alquímico de descomposición y recomposición de la materia me he quedado con un buen botín. Hoy he finalizado con pendientes de años atrás. Es increíble como desde aquel momento en que puse los pies de nuevo en Bogotá estuve recuperando la fuerza y la vitalidad que yo mismo sacrifiqué pensando en que la vida se trata de cosas simples y efímeras. Me genera curiosidad ver como me hago más consciente después de tanto tiempo que estuve cegado.

Hoy, ya tranquilo, descargado y libre ¡Verdaderamente libre! Porque ya no tengo las amarras que yo mismo me había puesto. Las cadenas de la condescendencia, las cuerdas de una autoestima lacerada, las heridas profundas de la familia y el amor. Todo eso hoy se disuelve y se desintegra con el más sincero acto de amor del que he sido participe. He venido entregando para conmigo mismo todo aquello de lo que soy pleno y abundante. Me estoy dando el cuidado que me merezco y me sorprende el ser plenamente consciente que nadie lo hará por mí. Nadie va a reemplazar al más genuino afecto.

Tal vez antes me hubiera sentido lastimado y acongojado porque esperaba eso de mis amadas, sobre todo cuando uno se abandona a sí mismo en las causas de otros. Nadie piensa por mí, y tal vez nadie entienda mi profundidad y el mérito de mi compromiso conmigo mismo. Siempre esperé que mis padres se preocuparán por mí, en el amor tampoco encontré la empatía y la resonancia que deseaba, esa intensa y fuerte fusión en el núcleo del corazón estaba ausente. Y aquí se revela la esencia de las cosas, nadie puede amar y ser amado en la ausencia de cariño propio.

Si bien es un proceso doloroso, tortuoso y molesto lo he abrazado con tanto amor que ya no puedo sentirme mal. Me he consentido con palabras de afecto y haciendo todo lo que siempre quise. He ido ordenando día a día cada cosa, vuelvo a tener un cuerpo físico junto con las cosas que quiero. Voy construyendo poco a poco mi bienestar, el sacrificio de todos estos años rinde frutos y me da la capacidad de estar materialmente firme, con acceso a salud y el bienestar de calidad, con trabajo y aspiraciones, con un futuro que se va a ensanchando y paso a paso ese camino que antes parecía oscuro y difuso hoy es claro y es un paraje hermoso.

En mi piel siento vivamente lo que va viniendo a mi vida. En la adversidad me siento fuerte, en la alegría me siento pleno y en la compañía de personas que me rodean me siento tranquilo. Ya no dependo ni siquiera del soplo de una mariposa para poder sentir vivamente cada momento.

Mis ilusiones están bien guardadas. No temo ser yo mismo y me importa un reverendo bledo si las personas temen encontrarse con mi fuego interno ¡Que ardan pues! Que encuentren aquí y ahora mi verdad, irreversible, inalterable y perenne.  Al fin y al cabo, el único que va a estar aquí conmigo en las buenas y en las malas soy yo. Yo soy arquitecto y artífice de mi propia vida.

En efecto, a día de hoy todo eso que jamás nadie hizo por mí lo he hecho en cuestión de meses. Todo lo que siempre esperé de otros estuvo siempre aquí. Aquel acompañamiento y el deseo de tener el aliento de alguien más se ha transformado en el acto supremo de amor. En la ruptura de esa maldita dependencia. He desterrado ese vicio de culpar a los otros por mi descuido. Viví pensando que como nadie me amaba, pues no era amado. Siempre me escondí de mi propia verdad. Siempre fui el guionista de esa obra fúnebre que se repetía sin cesar. El lastimero que rogaba por amor.

Y aquí es justo el quid del asunto, mientras me acostumbro a mi nuevo pelaje, mientras voy mudando todas esas experiencias me encuentro haciendo, aprendiendo y caminando. Cada paso me sorprende, me excita y me llena de experiencia. Quiero cuidar muy bien de mis intereses y en la práctica debo limitar y truncar decisivamente todo aquello que me obstaculice a sentir este bienestar que he ganado con sudor y sufrimiento. Con años de experiencias que me han fulminado repetidas veces. Porque sí, me he muerto tantas veces que ya no me asusta. Sé bien que el amanecer siempre llega y con éste llegan las oportunidades.

Aquello que aprendí con el combate cuerpo a cuerpo, en los lodazales de mi propia experiencia ahora es requerido para mantener la paz. Esa determinación y ese control de mí mismo ahora me hace maestro en el sosiego. Determinado a estar abierto a lo que el mundo traiga, pero seguro de rechazar lo que no me convenga. En pocas palabras y como decía Clausewitz, la paz es solo la continuación de la disputa política. En este caso lo políticamente correcto para mí es mi dignidad, es mi equilibrio y mi balance. Preciso será que mis armas se conviertan en la cortesía y la diplomacia necesaria para prever el desastre. Quirúrgicamente con mis palabras debo extirpar todo aquello que atente contra mi propio ser.

Si de verdad quiero vivir de otra manera debo disponer de todos mis esfuerzos y energías en lograr mi utopía. Si alguien viene a mí tendrá que respetar todo esto y tendrá que amarme como soy. Porque no se trata de qué tengo o qué tienen las personas. A pesar de ser un materialista filosófico nunca he sido esclavo de las cosas, por el contrario, si algo me ha inculcado esta vertiente del pensamiento es que debo liberarme del dominio de esas cosas. Se trata pues de la visión de mundo, del entendimiento de esa estabilidad, de su conservación y de la capacidad de amar intensamente sin poseer o dominar. La convergencia está en que yo logre entender y aprehender tanto de las otras personas hasta que aprenda a amarlas como son y así quiero que sea conmigo.

Con ahínco y orgullo sé que tengo mucho para dar. Tengo claro que entre más pase el tiempo me haré con mis cosas. No puedo evitar crecer. Con mi intelecto y experiencia puedo sortear las dificultades y aún más alevosamente puedo salir de mi zona de confort para crecer, para apostarlo todo por más y más. No pienso quedarme satisfecho aquí.

No se si esta sea la última vez que me muera. Pero esta muerte de seguro es definitiva en términos en que no voy a permitir que la vida me siga pasando por encima. No voy a permitir que yo mismo, el ser al que más amo en el cosmos me defraude. Es que no me voy a fallar porque no me lo merezco. No después de todo lo vivido. No después de llegar justo aquí.

A vísperas de mi natalicio, en una de las temporadas escorpianas que más recordaré voy a entregarme al ascetismo y voy a encomendarme a las deidades para que me ayuden a depurar esos últimos remanentes de cuero viejo. Mostraré mi humildad y mis respetos como nunca lo he hecho y en profunda meditación entraré en esta nueva fase.

Pido a Dios que me dé conocimiento para mantenerme limpio y sereno. Para que la vida florezca constantemente y que de todo esto; de este cuerpo, de esta mente y de este espíritu pueda aprovechar al máximo para mi provecho.

Humildemente y de rodillas pido que me liberen de todo aquello que me pesa. Que todo aquello que tenga su raíz dañada sea arrancado de mi ser para que mi camino sea bonito y pleno. Por que merezco más de mí mismo. Empiezo pues a enderezar mi rumbo, porque quiero vivir bien el resto de mi vida.

Deja un comentario