Sanando con hombres

Este episodio es en el que más me ha demorado hasta el momento. En este proceso estoy intentando asirme a verdades y reconstituyendo día a día la persona que quiero ser. Estas verdades vuelan y saltan por todos lados, la transformación viene en camino y debo dejarme ir. De repente, yo mismo he cavado la tumba de lo que había construido hasta el momento. Todo parece que se lo lleva el viento y lo sólido se transforma en una suerte de éter. El apagón viene en camino y con este llega el cambio. La rueda de la fortuna. El cambio de fase.

Lo único que me mueve en este momento es la confianza en que voy a estar bien conmigo mismo, en mi soledad y el amor propio es un motor discreto y potente.

Comenzar de cero ha sido, de nuevo, difícil. Por no decir que lento y envolvente. Encuentro refugio en mi tiempo a solas, como la calma que necesito para ordenar mis ideas y mis emociones. Aún hay un halo de desconsuelo porque todo aquello que tenía para mí se ha desvanecido entre compromisos ajenos. Ahora que ya no hay compromisos mi vida carece de buena parte de su sentido. Yace en esta habitación con preocupaciones inmediatas. El futuro parece incierto y aún no he logrado asirme a un nuevo horizonte.

Mi dilema con este episodio es que he tenido que enfrentar reflejos de mí mismo. Hasta el punto de aborrecerme de ver mi rostro en las fauces de alguien más. Es constante que ahora vea con una suerte de lástima cómo otras personas pasan por etapas parecidas, pero toman decisiones diferentes, con distintos argumentos y razones. De repente me voy disolviendo en una marea extraña que me identifica y me re-identifica con la realidad.

Avanzo un poco mientras estoy solo. Estoy más despejado y he podido silenciar la culpa que sentía por no cumplir lo que mi relación me exigía. Estuve cegado por un cansancio emocional, por la incapacidad de poder aportar más a una relación. No me cansé por culpa de alguien más sino por mis propios lamentos, porque ya no podía andar más. Al ejercer mi violencia, al hablar desproporcionadamente de la realidad y al pensar mal dejé que mi vida perdiera norte, que mi corazón ya no anduviera más. Se me descompuso la pieza central y es que ya no quería marchar ni un poquito más. Ya no podía con el peso de mis actos. Simplemente yo ya no quería estar más allí, muy a pesar del cariño y el amor que aún habitaba en mí, las sombras se apoderaron y vivieron de mi tristeza.

Ahora, es pertinente hablar de todo este peso. Porque el espejo permite que nos veamos claramente a los ojos.

Hablo desde la ignorancia. Las heridas que tengo son producto de un sinfín de prejuicios que la sociedad impone. Lo que voy a decir no sé si es verdad o no sé si alguien académico o iluminado lo haya dicho o criticado, no sé si es de conocimiento común. Pienso que los hombres, por el aprendizaje en nuestro devenir, sentipensando, tenemos que aprender a limitar y contener nuestra fuerza. Sobre todo, en estas épocas dónde nuestras luchas son tan diversas, tan diferentes; ya sea en lo social, en el trabajo, en lo político y lo económico. El mal que puede venir de ejercer nuestros actos de fuerza y una necesidad intrínseca por contener nuestras palabras es indiscutiblemente originado en un contexto. Pero lo que yo he hecho individualmente es mi responsabilidad, muy a pesar de lo que la sociedad, mi familia y los demás hayan hecho conmigo, algo así habla Sartre.

La sociedad a través de su milenario aprendizaje nos ha educado a los hombres en las ideas de ser valientes, protectores, dadores, proveedores y héroes. No solamente es algo fortuito y hecho para el dominio de los cuerpos. También hay que observar nuestra historia para entender la profundidad de nuestros hábitos.

El macho erguido y primitivo empieza a utilizar herramientas para defender a las mujeres y sus crías. Se apoya en su dimorfismo sexual al ser más alto y fuerte para luchar y defender a la banda y espera postergar su especie. Dedica su tiempo a ser más fuerte y más inteligente. Se preocupa por su sangre.

Evoluciona para cazar y depredar, habla y coordina racionalmente la trampa. Aprende de los animales carnívoros y ellos aprenden de él en un acto de simbiosis e inteligencia. Domina el miedo del inhóspito cosmos. Logra domesticar el basto mundo y con sus manos, transforma los materiales para mejorar y mejorar. Sino el más fuerte, el más inteligente y sino el más cruel.

Se asienta y precisa de arduo trabajo la tierra. El trabajo de sol a sol. La recolecta para enfrentar el hambre y el frío. Soportar al enemigo, al otro hombre en necesidad, buscando alimentar para los suyos. La guerra y los guerreros, los héroes que roban y se dedican al pillaje o quien defiende su hogar hasta la muerte. Cualquiera sea el bando la necesidad de un renombre, la necesidad de más control sobre los mismos hombres, sobre más vastos territorios y recursos, la administración del hambre y la angustia. El control y el dominio de las riquezas ajenas. Del despojo.

Toda esta cadena de aprendizajes colectivos es esencial. Es parte de nuestro ADN social, es parte integral de nuestro aprendizaje evolutivo. El ser más inteligente, dominar la naturaleza, pensar, aprender, el héroe que enfrenta con lógica al mundo para su usufructo. Hemos recolectado, generación tras generación el legado del trabajo arduo de estos hombres. Llegamos a ser lo que somos hoy como simplemente la actual representación de la evolución, la “punta de lanza” del aprendizaje de nuestro linaje, aquello que vivimos es parte de lo que quedará para siguientes generaciones, tanto individual y biológicamente, como colectivamente, con nuestra huella kármica y las reflexiones que dejamos en otros.

No tengo dudas de que todo esto es bastante benéfico en términos de que ha hecho que perduremos y proliferemos como vida. Con todo lo bueno y malo que eso implica. Porque el triunfo y el éxito de todo esto es que aquí estamos, reflexionando y pensando sobre la quintaescencia del yo que se ha engendrado. Aún dispuesto a buscar mejores formas que posterguen nuestra vida, nuestra buena vida.

A partir de esta breve reflexión he notado que nuestro cuerpo desarrolla ciertas capacidades biológicas de respuesta y al mismo tiempo creamos artificialmente mecanismos para atender a todo ello. Quiero ahondar en una en específico porque es preciso que haga las paces conmigo mismo, ya que aún mi irracionalidad y el legado masculino me han hecho cometer errores de los cuales estoy arrepentido.

La liberación de adrenalina, osteocalcina, noradrenalina y cortisol tienen un efecto extático, urge el cuerpo a centrarse en la alerta, se disparan las alarmas y el cerebro se nubla para activar el modo arisco y dispuesto al ataque. Este es el veneno que nos invade desde nuestras glándulas y desde los mismos huesos, llega la respuesta de huida.

Los estoicos hablan de esto con prepotencia como si simplemente uno pudiera racionalizar algo literalmente biológico, claro que posiblemente no sabían todo esto. Un cuerpo reaccionando constantemente a la dureza de la vida y sumergido en un coctel de sustancias que solo incitan a la ansiedad y a la respuesta inmediata de alerta. Sin embargo, hay algo muy cierto en su punto de vista y es que la razón es la que me puede guiar al cambio más efectivo y pensando en las consecuencias. Si mi mente se concentra en la más importante labor que es la serenidad propia, me haré cada vez más conscientes de aquello que me quita la serenidad. Aquello que me enfurrusca y me genera agrieras. Es que se trata de esto, es la disposición que tenemos frente a la adversidad.

Uno podría aprender si está abierto a aprender. Yo soy un necio. Mi calma no reside en otros. Mi calma no puede depender del otro si el otro a veces me quiere hacer daño y en su cólera me expresa desdén, distancia o incluso me toca con intención de hacerme daño.

Estuve hablando con un sannyasin de manos encendidas en fuego rojo y con un mago de sombrero ancho. Todos juntos por la necesidad de conocimiento y de compañía. Hermanos de armas y guerreros a nuestra manera, con nuestras cosas y nuestro destino y caminos diversos. Hoy decidimos sentarnos frente a la hoguera y hablar. Porque los hombres también tenemos nuestras formas de sanar entre nosotros y es muy bello poder compartir de un momento donde otro hombre escuche y sin juzgar permita que las heridas se expongan para limpiar, cerrar y cauterizarlas.

Nos sentamos junto al fuego acompañados de bebida, ya que hemos superado el ascetismo insulso y romántico. Hablamos de nuestros caminos y nuestro saber. De nuestras experiencias de vida. De esta experiencia encarnada en la vida de los hombres, de nuestros sentires y pensares. Poder ser capaz de compartir un momento tan íntimo y al mismo tiempo tan neutral me ha sentado muy bien.

Hoy me lo pregunto, ya que la ira no es un sentimiento ajeno a nadie. Todos nos frustramos, todos sufrimos y cuando no soportamos más, reventamos en un acto que nos retorna a nuestro ser más trivial. La ira es de lo más común ¿Cuántos crímenes pasionales no ocurren a diario? ¿Cuántos asuntos no se han resuelto a madrazos? ¿Cuántas veces tendremos que desahogarnos contra nuestros opresores de manera violenta? Es que cuando alguien ya no da más, ya no da más y es preciso que su cuerpo, o la manifestación de este atienda a un impulso primordial: ¡ya no más! Un traguito de ese cóctel de hormonas nos ayudará a tener la respuesta indicada. Furia.

Aquí está mi situación. Jamás he sido capaz de intencionalmente hacer daño a alguien. Siempre pienso desde la resistencia o una defensa legítima. Tal vez con mis palabras y mis actos he hecho mucho daño. Tal vez en un acto de desespero he intentado defenderme y en la agitación se riñe, pero jamás sería capaz de lanzar un golpe para dañar y lesionar a una persona.

En la vida he descubierto únicamente útil la violencia cuando se trata de defender al débil en una injusticia. Cuando en lo político es preciso defender un ideal y arriesgar la vida por lo que es justo y propio. Solo en ese momento, no he tenido reflexión alguna por enfrentar el riesgo y ser el primero en atacar. Si la agresión reivindica profundamente los derechos de alguien, o si de ella depende su vida no tendré miedo de usar todo mi cuerpo, hasta la última consecuencia, para luchar activamente.

Sonará tonto, pero hace mucho tiempo nadie se atrevía a golpearme. El hecho de que me golpearan no implica gran cosa porque eso no me hizo estallar. Tal vez tenía miedo de que la persona que se atrevió a golpearme se hiciera daño o hiciera daño a otra persona que estaba conmigo. Cuando uno destroza, incluso sea por mero azar, el corazón de otras personas las consecuencias pueden variar en un espectro muy grande. Recuerdo una clase de psicoanálisis dónde analizamos el «matar y comer del muerto» ¿Qué es preciso para matar a alguien? Solo un motivo es preciso y motivos había.

Pedí que se marchara la persona. Pero no quiso irse. Le pedí que volviera luego con calma, en otra situación, porque en efecto la persona se descompuso gravemente. El veneno había surtido efecto, la ira yacía en su corazón roto. Ya no atiende a razones, solo al dolor y al instinto de supervivencia. Los dientes relucen, la voz se modula, signos claros de un instinto que se avoca hacia el fin. Yo mismo no soporto las consecuencias y no puedo sino aceptar con vergüenza mis actos. Como siempre bruto pero honesto.

Yo debí simplemente recibir todos sus golpes, porque me los merecía. Sin embargo, en todo el furor del asunto y para evitar que me golpeara más tomé fuertemente la chaqueta con la que me iba a golpear nuevamente y sacudiéndola para que soltara ella salió disparada contra una pared. Lo único que pude hacer fue reaccionar, preguntarle si estaba bien y ayudarle a levantarse. Le deje sacar las cosas que necesitaba y se fue llorando.

Todo simplemente iba muy mal. Jamás he tocado a nadie con malas intenciones. Mi respuesta al shock fue quedarme mustio intentando explicar qué carajos había pasado e intentando reconstruir todo porque ese coctelito de alarma me había puesto en estado de alerta y casi todo lo recordaba como en un túnel, como en tercera persona, como que apenas puedo pensar en lo que dije.

Después de esta situación quedé bastante alterado en mi interior. Aún hoy siento que ese temita con la ira, con la rabia no lo he resuelto. El reflejo me genera un reto, cómo contengo a otra persona y cómo me contengo a mí. Hay cosas que me duelen y me afectan, que me aquejan y me hacen sentir pormenorizado.

He tenido varios ataques donde siento que mi cabeza está muy caliente. Me indigno y mi orgullo me embarga, me dice que no puedo dejar pasar una afrenta y tomo armas. Mis palabras van al grano. Duelen porque mi lengua usada para el daño puede estar bien afilada. Soy bueno en encontrar puntos débiles en las armaduras de los demás y con ponzoña lanzar veneno que corroe y que lesiona.

Contra las personas que amo, me arrepiento profundamente porque ya bien pensadas las cosas el amor sigue allí, pero el daño convive con él. Porque no puedo y no quiero separarme de las personas que quiero y el hecho de hacerles daño es mi responsabilidad. En cuanto a las personas que no quiero, espero haberles hecho caer en cuenta de su frialdad, de su insensatez y de su injusticia.

Últimamente he amansado con calma mis emociones. El hecho de haber cambiado de hogar, buscar mis hobbies de nuevo para pasar el tiempo. En efecto ese tiempo a solas sirve como un radiador o un bálsamo que me permite observar las cosas con calma, como siempre indagando en los por qué. La libertad de pensar sin remordimiento y sin culpa ha sido una de las bendiciones que más me tranquiliza.

Por mi parte poco a poco mientras lidio con personas que son temperamentales e irascibles empiezo a ver esa maldición desde una perspectiva diferente. Desde quien debe tolerar la reacción y en ese sentido, siendo víctima de mi misma afrenta he bajado el tono de voz y he aprendido a dejar que las decisiones lentas, con tiempo y bien pensadas tomen acción.

Creo que esta es una faceta bastante pesada y difícil sobre la masculinidad, ya que todo ese aprendizaje encaminado hacia la militarización, hacia la racionalización y la deshumanización de nuestras consciencias nos hace débiles y nos pone trabas fuertes al momento de lidiar con el stress, con la vida misma y los obstáculos. Como hombre me siento muy mal por nuestros actos, la culpa es algo que ronda mi mente y me ha llevado a pensamientos bastante oscuros, incluso a la contemplación de la muerte.

La sociedad y las parejas nos exigen seguir patrones de conducta de sus propias familias, y esas familias a la vez han bebido de los preceptos sociales para criar a su prole, es decir a nosotros, es decir a nuestros hijos para quienes deseen concebirlos, acompañarlos u adoptarlos.

La presión de ser un hombre funcional, de tener esos valores impresos en el fondo de la mente me ha hecho colapsar. Mis decisiones me han traído a esta suerte de tragedia en la que todos aprenden su lección: El buscar fantasmas que rondan nuestro teatro, porque el destino es un teatro lamentable, nuestro destino es eso a lo que aún somos inconscientes a lo Jung. Un poco el estar con las personas perdidas, el convertirse en redentor de alguien más, el guía, el héroe como si fuese quien para guiar. Hay que abandonar esa suerte de tara con la figura masculina, yo estoy para ser yo, con mis propias aspiraciones y metas. Que se joda el sistema, para esto debo empezar a tomar decisiones distintas.

Ya no hay nada de romántico que esperar del amor. Ha sido muy irresponsable dejar a la fortuna que defina el tipo de relaciones que tengo. Y aquí espero poder dilucidar la complejidad de lo que pienso después de meses de reflexión frente a las relaciones.

El sellar mi historia con alguien y construir amor donde no lo hay es posible. La disposición de dos personas a obtener logros y metas juntos es posible, el ejercitar constantemente la construcción de una rutina, un equilibrio y una forma de ser hace que las emociones fluyan, que el amor nazca de actos de servicio y la compañía segura y afianzadora. Sin embargo, el amor artificial sin que tenga en cuenta la carne, el deseo y la conexión necesita de oídos bien abiertos, de un olfato para la empatía y la constitución de una química basada en la satisfacción mutua.

Todo es finito, y por más que queramos crear y construir a veces tenemos que dejar ir. No extraño mi pasado, no quiero ir atrás, ya no quiero herir a más personas. El cambio y un nuevo rumbo es mi porvenir.

La conexión y la magia, las emociones espontáneas y el amor puro requiere de una responsabilidad muy grande. De esta he carecido totalmente en los últimos meses, porque he estado pensando mucho en mí mismo. Aquel tiempo que estamos junto a quienes amamos es un tesoro y como tal guardamos esas memorias y construimos poco a poco un gran almacén de momentos icónicos. Estos recuerdos son los que nos hacen sufrir cuando pensamos en alejarnos. El apego, en efecto proviene de lo que uno comparte.

La responsabilidad afectiva es algo a lo que estoy aprendiendo a atender, porque nunca antes habia sentido tan disputada mi individualidad y esto me ha volcado hacia mis propios adentros de una forma casi que violenta. Me digo: “Ten mucho cuidado de qué tipo de recuerdos quieres dejar en las personas”. “Ten cuidado de qué emociones quieres despertar en las personas y a quién diriges estos esfuerzos”. Ahora repito estas reglas para que con los demás yo comparta lo que de verdad quiero, con la intención que quiero.

He enamorado a alguien y me he enamorado de esa persona, porque mi corazón me lo ha dictado, porque de verdad quería sentir amor. Pero me he enamorado por arrebato, porque me faltaba en mi vida sentir ese impulso tan intenso y placentero. Pero no me he fijado en qué es lo que quiero antes de dar rienda suelta a mis emociones. No pensé en qué vendría después del caos y el ajuste de cuentas. En efecto debo pensar en mi futuro, en lo inmediato, en el mediano y el largo plazo.

El amor debe mutar, debe trascender para que mi camino pueda ser el que quiero recorrer. Debo tomar todo eso que amo y hacerlo transformarse en una relación más sana. Aquello que admiro y adoro debe ser conservado. Al fin y al cabo, aquello que me maravilla y me sorprende, aquello que me ha inspirado a escribir todo esto sigue allí. Es una forma trascendente de amor. Mi musa yace aquí conmigo, en el fuego que no se apaga.

Mi corazón ya no duele, es humilde y acepta vivir el presente de la forma más sublime. Me gusta la paz que siento y mantenerla ha de ser mi objetivo. Si en algún momento el amor viene a mí me va a encontrar sentado en el jardín de flores, en el centro de mi palacio, allí donde yo estaré tranquilo y abundante. Con mi vida, descalzo y sincero. El tiempo siempre es sabio y de la mano de Saturno iré, en últimas mi austero ser se muestra así, con lentitud, con esfuerzo y con dedicación.

Ha llegado el momento donde acepte el caos que viene. Ese caos que me sentará muy bien, porque siempre que abrazo el vacío los dioses caminan a mi lado, porque cada vez que me libero de mis ataduras Dios está en cada paso y cada bocanada de aire.

Mis amigos son mi apoyo y sanando entre hombres puedo dejar de ver mi problema como únicamente mío. Puedo entender los caminos de otros aventureros y me permite sentir que estoy comprendido y que de verdad hay que seguir caminando para tener una más nutritiva y saludable masculinidad. Me gusta pensarme como un hombre más cariñoso y responsable conmigo mismo. Debo dejar de ser lo que la sociedad quiere que sea, lo que en nuestros sueños y construcciones de pareja nos hemos impuesto.

El camino que sigue es sanar desde la persona que quiero ser. Porque la vida no puede seguir en desorden. Debo centrarme en aquello que quiero. Qué tipo de persona quiero ser en soledad para luego compartirla. Quién quiero ser profesionalmente, en el trabajo, en la vida, allí afuera en la palestra pública para luego compartirlo con alguien. Necesito sentar los pilares de la autonomía que tanto quiero y empezar reafirmar ese reino que tanto quiero construir para todos a quienes amo. Pero ese reino yace en mí, yace en mi capacidad para hacer lo correcto hoy, ahora, en este mismo instante.

“Alea Iacta Est”: “La suerte está echada”, como dicen que dijo Julio Cesar. Poder liberarnos es nuestro Rubicón, lo que está al otro lado es la gloria, para llegar a ella es preciso labrar el camino con una lucha firme y decidida. Porque no hay mal que por bien no venga. Porque siempre que algo duele nace algo hermoso. Porque de la muerte florece la vida. La vida que es prosa y poesía.

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