Esos tiempos primordiales de juventud son remotos. Bien confusos y también bastante diluidos en una especie de neblina y un estupor denso. Estupor que me fastidia y me deja inmóvil porque surge de la percepción de malestar que tengo sobre el legado familiar. Es como si de tanto dejar de reproducir estas memorias, todo aquello que he sentido se vuelve intrincado y críptico. Es como si intencionalmente hubiese decidido olvidar para así alimentar mi historia y la persona o personaje en el que me he convertido.
Hoy, justamente hoy, sí que me estoy desangrando. Tengo una herida abierta en el pecho que me está causando un ardor inmenso. Como las aguas subterráneas he estado callando y ocultando mis emociones mientras chocan violentamente bajo el suelo. Cómo intentando postergarlas hasta el momento donde esté solo y pueda realmente atender las heridas en el refugio de mis adentros. Dónde pueda dejar todo fluir.
Tal vez, una que otra contracción dentro de mí ha hecho que mi boca sepa a sangre de vez en cuando. Una que otra vez he intentado resarcir la grieta, pero no puedo detener la hemorragia. Hoy, especialmente mi sangre salpica a los demás mientras se escapa por mi boca y en mis actos. Mi melancolía y mi dolor me hace distante y cerrado como una caja negra con mi corazón adentro. Con una tormenta dentro de ese corazón.
Inesperadamente y de una forma fulminante recibo la noticia: ¡eres igual que ayer! Un manojo de nervios, un silencioso huracán impredecible que acabará con todo lo que hay a su paso. Es como un puntapié en el tórax. No puedo contenerlo, mi boca se abre, mis ojos sollozan y no puedo evitar que bocanadas de ese líquido rojo, oscuro y espeso empiece a salir. Una y otra vez. Una y otra vez. No puedo respirar, solo puedo perder borbotones del elixir vital.
Mi vista empieza a oscurecerse, siento hormigas caminando por mi nuca y mi corona. La metáfora siempre es un alivio y un consuelo; mientras mi ser se deja ir en un profundo sueño los signos y símbolos se vuelven cada vez más complejos. Se llenan de contenido y tras un exhaustivo análisis de la realidad, del sueño, del más acá y del más allá me voy enajenando, poco a poco, de aquello que duele. Doy un sentido a ese sueño criptográfico para mutilar y cercenar, a manera de censura; como un tirano me encargo de olvidar y hacer olvidar. Como el mejor de los demagogos inspiro a mi palabra y empiezo a despertar del sueño.
Mientras las luces vuelven y voy recobrando la consciencia estoy ya repitiendo palabras. Como si de un eco o una mera reminiscencia de un mensaje se tratara: “Vete, déjalo, huye, corre, teme… vete, déjalo, huye, camina, teme…”, una y otra vez repitiéndose en mi propia boca. Como si la hipnosis y ese estado de lamento fuesen determinantes para de repente volver a la consciencia mientras nado en un lago de mi propia sangre.
Ya consciente, no puedo sino permitirme soñar con mis días más especiales. Esos días en que abrazaba mi soledad como el más valioso tesoro. En aquel entonces cuando mi corazón no necesitaba más que de mi propia alegría para su sustento. Mi camino abierto y la vida plena como un regalo divino. Cada encuentro siendo plenamente significativo y deleitable. Como un monje ofreciendo sus habilidades para sanar y ayudar a los demás. Definitivamente mi parte más sabia y amplia caminaba descalzo, desnudo y sincero por la vida.
De nuevo ese tono cálido y abrigador vuelve a mí; así estuviese tiritando de frío en medio de un bosque al lado de Cuicocha. De nuevo esa agradable forma de ser de los locales hace que mi corazón foráneo se sienta ameno y eufórico. Que alguien me invite a recoger conchas en la playa, encontrar un árbol de mandarinas en medio de una larga caminata, observar el mar mientras que el sol se pone, todos esos momentos dónde Dios ha estado conmigo y donde yo he estado plenamente conectado con su totalidad.
Me estoy precipitando bruscamente, estoy descendiendo a lo más profundo de mi núcleo. Como un viaje que puede descubrir entre todos esos tesoros lo más nutritivo y lo más deseable. Pero es un viaje sin retorno. Precisamente en ese sueño no cabe nadie más que yo. Todos cabrían en tanto que algún día yo ya no estaré o nadie podrá depender de mí por mi naturaleza inquieta y curiosa.
Internamente mi alma y mi instinto están buscando ser libres. Externamente la vida, mis relaciones y mis raíces me vuelven a ralentizar. Siento una decepción profunda porque soy un anormal. Me he encargado de intentar crear, más bien sintetizar, esas relaciones para que funcionen para los demás. Estoy al servicio de todos, para lo que quieran hacer de mí. Soy algo entre un sirviente y un acólito a los propósitos de otros y nadie aún me lo ha pedido.
El mar que subyace a mis pensamientos empieza a filtrarse por mis ojos. Irrumpe el llanto. Las presas de concreto que sostienen todo a lo que me aferro se empiezan a resquebrajar. Lamento mentirles todo este tiempo. Yo quiero que estén bien para qué al fin pueda partir. Me impaciento porque resolver sus vidas fue soberbio de mi parte. No puedo ayudar a nadie de esta manera. Estoy bloqueando mi propio paso hacia mi esencia con una preocupación desesperada y con el temor de que nadie podrá hacer nada por sí mismo. Hoy solo puedo pedir que entiendan mi preocupación, pero que desatiendan a mis exigencias porque soy el menos indicado para establecer cosas con un corazón así todo pasional y desbocado. Puedo dictar en mi corazón no en los de otros.
Me he vuelto controlador y frívolo. Cuando soy espontáneo y febril, casi que enfermo de mis emociones. De repente, tocando fondo logro ver que mi dificultad está aquí. No puedo prometer ser alguien que no soy y mi dolor está en que no sé cómo enmendarlo todo. Solo puedo ofrecer estas palabras para que al menos alguien, en el cosmos, entienda como me siento. Solo quiero librarme del peso de esta cruz que decidí cargar mientras hacía ideaciones sin sentido. Forzando a los demás a cumplir sus destinos por medio de mis planes.
Quiero tener mi refugio en el mundo y en mi centro quiero tener una cama hecha de laureles y oros. Pero el mundo aún no es lo suficientemente basto para mí.
Mi corazón es infinitamente grande; podría amar a cada ser de una forma única y potente. Pero me gustaría que mi historia fuese más y más fiel con ese ser que realmente soy. Así me precipito hacia el fondo para rescatar de mí aquello que necesito para vivir. Aquello que de verdad valoro de mí mismo: mi autonomía, mi libertad, mi capacidad para amar y la potencia de mi ser en el arte y la ciencia. Aquí estoy abriendo mi corazón y mostrando esa tormenta que yace en su centro. Me precipito.
